Y si sí, frase del coloquio mexicano que recientemente saltó al colectivo nacional como grito eufórico que denotaba emoción y profunda esperanza. Más allá de su uso en el ambiente mundialista recién celebrado en nuestro país, esta frase es la punta del iceberg de una necesidad que como mexicanos tenemos para que las cosas salgan bien y para que, como sociedad, triunfemos. México ha sido, a lo largo de varios siglos, el paraíso donde las fantasías se cumplieron para muchos extranjeros y para muy pocos nacionales. Debemos, por fin, pasar del sí se puede al ya se pudo.

Curioso destino el de una frase que nació en el futbol y terminó convertida en una manera de mirar el porvenir. Conviene recordar, sin embargo, que la esperanza sin instituciones es apenas un suspiro. El ¿y si sí? de las tribunas es hermoso porque no promete resultados: invita a imaginarlos. El ¿y si sí? de un país serio exige algo más difícil que imaginar. Exige sostener.

Y es en ese terreno -el de sostener- donde México acaba de rendir un examen que no ocupó portadas ni encendió estadios, pero cuyas consecuencias pesan mucho más que un marcador. Del 10 al 14 de agosto pasado, la Administración Federal de Aviación de los Estados Unidos (FAA) evaluó a nuestra Agencia Federal de Aviación Civil (AFAC) dentro del Programa Internacional de Evaluación de la Seguridad Aérea (IASA). En juego está la ratificación de la Categoría 1: la certificación de que la autoridad mexicana cumple con los estándares de la Organización de Aviación Civil Internacional.

Detengámonos en un matiz que lo cambia todo. El IASA no evalúa si nuestros aviones son seguros ni si nuestros pilotos son competentes, lo son, y de los mejores del mundo. Evalúa la capacidad del Estado para vigilar a su propia industria: sus leyes, su personal técnico, su capacitación, sus sistemas de supervisión. No se somete a juicio la máquina; se somete a juicio la institución. El examen, en el fondo, es un espejo colocado frente al aparato público mexicano. Y los espejos, ya lo sabía Octavio Paz, tienen la incómoda costumbre de devolvernos la cara que preferiríamos no ver.

Porque este país ya conoce el rostro de la degradación. El 25 de mayo de 2021 la FAA nos bajó a Categoría 2, y ahí permanecimos más de dos años, hasta recuperar la Categoría 1 el 14 de septiembre de 2023. No fue un trámite abstracto. Significó que las aerolíneas nacionales quedaran impedidas de abrir nuevas rutas y frecuencias hacia su mercado más importante; que se congelaran los acuerdos de código compartido con las compañías estadounidenses; que se instalara sobre nuestras operaciones un escrutinio permanente. Se tradujo en rutas que no se abrieron, ingresos que no llegaron y empleos que no se crearon. Dos años de rezago que no se recuperan con un grito, sino con trabajo.

Aquí está el nudo político y social de la cuestión. La aviación no es un lujo de unos cuantos: es infraestructura de soberanía. Conecta a México con el mundo y sostiene el turismo, el comercio y la inversión. Y detrás de cada operación segura hay una cadena humana que rara vez sale en las noticias: pilotos, sobrecargos, controladores, técnicos de mantenimiento, personal de tierra. Miles de familias cuya estabilidad depende, sin que muchos lo adviertan, de que una autoridad reguladora haga bien su tarea. Cuando el Estado descuida a la AFAC -su presupuesto, su plantilla técnica, la continuidad de sus cuadros especializados-, no falla un organismo lejano: se pone en riesgo el sustento de trabajadores mexicanos que jamás firmaron un oficio en Washington.

Y es justo aquí donde el ¿y si sí? deja de ser consigna deportiva para volverse pregunta seria, casi una interpelación a quienes gobiernan. ¿Y si sí hiciéramos las cosas bien de una vez y para siempre? ¿Y si sí entendiéramos que la profesionalización institucional es la forma más alta del patriotismo? Alfonso Reyes lo dijo con lucidez que hoy vuelve a ser urgente: la única manera de ser provechosamente nacional es ser generosamente universal. Cumplir los estándares de la OACI no es someternos a un poder ajeno; es alcanzar la estatura que nuestra propia industria merece. Y como cifró Juárez la convivencia entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz: en la aviación, el respeto a las reglas comunes es, además, la condición de que sigamos volando.

Este es el momento. No el de la euforia pasajera, sino el de la responsabilidad sostenida. Las autoridades nacionales tienen la palabra: actuar con seriedad, con profesionalismo y con visión de largo plazo, en favor de una industria que es motor de desarrollo, empleo y conectividad. Que la Categoría 1 no vuelva a perderse por descuido; que el resultado de esta revisión no dependa de la suerte, sino del oficio.

Del sí se puede al ya se pudo. Que la próxima vez que México pregunte ¿y si sí?, la respuesta no venga de una tribuna eufórica, sino de un Estado que hizo su trabajo. Ese es el único triunfo que no se descuenta al día siguiente.

¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.