Faltando 200 días para que arranque la Copa Mundialista, la pregunta empieza a rebotar entre especialistas, empresarios y aficionados: ¿está México realmente preparado para recibir la marejada humana que traerá el futbol? La cifra es contundente. La Secretaría de Turismo estima 5.5 millones de turistas adicionales, una ola que pondrá a prueba cada engranaje del país: carreteras, aeropuertos, seguridad, trámites migratorios y, algo que rara vez encabeza la conversación pero es fundamental, el empleo decente.

En infraestructura, el país llega con avances desiguales. En términos aeroportuarios, México operará el Mundial con un triángulo clave: AICM, AIFA y Cancún, que juntos pueden mover más de 100 millones de pasajeros anuales. El AIFA ha aumentado su capacidad y rutas, aunque aún depende de una mejor interconexión terrestre para operar bajo máxima presión. El AICM, por su parte, sigue siendo el caballo cansado que sabe competir, pero no hay margen para tropiezos: mantenimiento, horarios y operación puntual serán vitales con la demanda mundial encima.

Las carreteras también entran al examen. México cuenta con más de 50 mil kilómetros de red federal, de los cuales cerca del 40 por ciento son autopistas de cuota. El desafío no es el número, sino el estado físico. Sectores clave en acceso a sedes y zonas hoteleras requieren mantenimiento acelerado para garantizar tiempos de traslado razonables y evitar que la experiencia del visitante se convierta en un viacrucis logístico.

Las inversiones en infraestructura que realice el gobierno con motivo de la copa mundialista de futbol, constituyen un componente clave, con efectos muy positivos en la sustentabilidad y desarrollo nacional.

La seguridad será el termómetro emocional del torneo. En 2024, México cerró con una tasa de 23 homicidios dolosos por cada 100 mil habitantes, una cifra que pesa en la percepción internacional. Las sedes mundialistas están trabajando en operativos especiales, corredores seguros y coordinación con fuerzas federales. El reto es monumental: garantizar movilidad, evitar extorsión al turista y reducir incidentes que puedan viralizarse a nivel global. Por lo pronto, Canadá ha lanzado una alerta a sus viajeros para que eviten visitar diferentes Estados de la República a consecuencia de la inseguridad. Este llamado se suma a los que en su momento ha realizado el gobierno de Estados Unidos.

Otro punto que puede convertirse en dolor de cabeza, si no se atiende desde ya, es la emisión de visas y trámites migratorios. A México le tocará procesar flujos extraordinarios en un periodo corto. Hoy, el promedio de espera para trámites consulares en algunos países supera los 40 días. Para un turista mundialista, eso puede ser sinónimo de quedarse fuera. Migración también debe acelerar filtros, personal y tecnología en aeropuertos para evitar filas incómodas que manchen la experiencia de bienvenida.

Y por supuesto está el empleo, quizá la variable menos visible para el público, pero una de las más importantes. La Organización Internacional del Trabajo estima que eventos deportivos de gran escala generan entre 10 y 20 empleos indirectos por cada empleo directo, sobre todo en hotelería, transporte, alimentos y comercio. México podría crear más de 250 mil empleos temporales, pero no cualquier empleo: el Mundial será el espejo que exhiba si el país respeta jornadas legales, salarios dignos y condiciones de seguridad para trabajadores turísticos y de servicio. El ojo internacional estará encima.

Por lo que refiere a la derrama económica proyectada de 3 mil millones de dólares, es clave preguntar: ¿qué proporción beneficia a trabajadores de bajos ingresos locales, comunidades desplazadas y sectores emergentes de la economía nacional, y cuál queda en cadenas de valor externas o en las cúpulas del capital global? Es impostergable asegurar que la derrama económica se traduzca en desarrollo sostenible, empleo de calidad y efecto multiplicador real para las economías locales de nuestro país.

A 200 días, México no está en ceros, pero tampoco ha llegado a la meta. El país tiene el atractivo, la pasión y la hospitalidad que encantan a los visitantes. Lo que necesita es acelerar decisiones: mantenimiento donde hace falta, coordinación interinstitucional, filtros migratorios modernos, mayor vigilancia laboral y una comunicación clara con turistas y operadores internacionales.

Si México afina esos puntos, no sólo podrá recibir a 5.5 millones de aficionados sin desbordarse. Podrá convertir el Mundial en la vitrina que impulse una década entera de turismo, inversión y reputación global. Pasemos de las palabras que endulzan a los hechos contundentes, en momentos en los que nuestra sociedad esta ávida de buenas noticias y oportunidades para el bienestar.

Porque un Mundial no se gana en la cancha. También se gana en aeropuertos, carreteras, ventanillas y empleos dignos. Y el reloj sigue corriendo.

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