A las mujeres valientes de Irán

El día que la dictadura militar en Grecia la despojó de su pasaporte y su nacionalidad, Melina Mercouri les dijo: “Soy yo, la extranjera, la que lleva a su patria y su cielo en los ojos”. Del exilio, la bella protagonista del clásico del cine Nunca en domingo, volvió a su país cuando los coroneles cayeron y se sumó al gobierno socialista de Andreas Papandreu como ministra de Ciencia y Cultura.

Con la misma fuerza que les habló a los militares, Mercouri tomó el micrófono durante la Conferencia Mundial de la UNESCO Mondiacult-1982 en México, y no sólo fue la primera en demandar la restitución de los bienes culturales a sus países de origen, sino que fue la única que se refirió a la mujer en el contexto de una reunión sobre políticas culturales.

Inició su intervención en Tlatelolco: “En casi todas las mitologías de la Tierra, las divinidades de la sabiduría y de la paz son mujeres, ya que la mujer porta en ella la vida, está ligada a la vida, se dedica a proteger la vida. Pero si en la mitología las mujeres se convierten en diosas de la sabiduría y la paz, en la realidad de hoy, también se convierten, a veces, en ministras de Cultura”.

Hace 40 años sólo en 10 países los ministerios de Cultura estaban ocupados por mujeres. “En este mundo dominado por hombres, no está mal el porcentaje”, dijo Mercouri, pero consideró que las cosas estarían mejor si las mujeres jugaran un papel más importante “y esta conferencia llegaría a resultados más concretos si aquí hubiera más mujeres”.

Continuó: “Seamos realistas, las mujeres representan todavía un continente oprimido”, así que uno de los deberes prioritarios “de la gente de cultura” es el de “luchar por la humanización y la democratización de la sociedad moderna dándole a la mujer el lugar que le corresponde”. Citó en griego al poeta Odysseas Elitis, Nobel de Literatura en 1979, y luego tradujo: “Para que salga el sol hay que trabajar duro”. Y se dirigió a las mujeres presentes: “¡Qué responsabilidad amigas!”

Poco después, frente a la ventana de su cuarto de hotel, miraba hacia Chapultepec cuando me dijo en entrevista: “¿Cómo hablar de políticas culturales sin hablar de la condición de la mujer? Para mí no es posible. Creo que la de la mujer es una de las luchas más grandiosas, de las más justas que existen en este nuestro tiempo, empapado de crisis e interrogantes. Nuestro punto de vista político no es el de hace 30 años cuando la mujer era ‘ese otro ser’.” Nos platicó a Braulio Peralta y a mí que durante los años 60 “las feministas caímos en un error (…) empezamos a rechazar al hombre, a luchar solas. Ahora pienso que tal vez fue positivo comenzar el movimiento de esa manera, pero este ya ha evolucionado y podemos tener como compañeros de lucha a los hombres”.

También contó que debido a las numerosas organizaciones feministas, el gobierno griego pensó en formar un Ministerio de la Mujer, pero no se hizo porque “era como marcar de nuevo la diferencia, como afirmar que los derechos deben ser distintos y una causa del socialismo es la de tratar a todos con la misma justicia”.

Melina Mercouri hablaba de la lucha por la liberación femenina en su país cuando de pronto se levantó y alzó la voz para concluir: “Lo que deseo de todo corazón es que algún día la mujer griega se quite los vestidos negros, se quite el ropaje de su historia negra y cambiemos el color de nuestra ropa”.

Entonces entendimos por qué ella siempre vestía de blanco. Y “se fue, pero qué forma de quedarse”, como diría Miguel D’Ors.

adriana.neneka@gmail.com