Impensable una representación más desgarradora de la tragedia, o una mejor convocatoria a la empatía, que los 400 pares de zapatos con 400 veladoras en plazas públicas de 40 ciudades en 20 estados del país. Y las madres buscadoras y colectivos como Guerreros Buscadores de Jalisco que no se cansan de investigar el paradero de sus hijos y sus hijas.

El dolor compartido. Teuchitlán es un llamado a reconocer una realidad sin normalizarla.

Se sabía de las miles de fosas clandestinas que hay en México y de campos de reclutamiento forzoso y exterminio por las madres buscadoras que recorren los baldíos con su pala y su esperanza a cuestas, por periodistas valientes y por Karla Quintana, removida de su cargo por negarse a manipular cifras de personas desaparecidas. Es decir, Teuchitlán no es un caso aislado, pero la ropa…

Dicen que a todas las mamás se les pierde un hijo en algún momento de la crianza. Recuerdo cuando el pequeño Miguel se nos perdió en el zócalo de Cuernavaca. Los minutos de terror, el hoyo en el estómago, el grito desesperado de su nombre, la pregunta a todos: “¿Ustedes no vieron a un niño de tres años con el pelo rizado…?” La respuesta de cada persona nos ayudó hasta encontrarlo, pero además nos dio el aliento a continuar la búsqueda. Como si todos los asistentes a la plaza se hubieran unido al clamor de unos padres que pensaron en la posibilidad de que a ese niño se lo hubieran llevado. Ese pánico es de lo peor que podemos vivir. Teuchitlán es la materialización de una pesadilla mayor, multiplicada en modo colectivo, y un llamado urgente a la empatía de toda la sociedad.

Vivida o no la experiencia en carne propia, la noche de duelo en el Zócalo capitalino y otras plazas públicas de México el sábado pasado nos invitó a calzar los zapatos de las víctimas, pero también los de padres y madres, hermanos y hermanas y amistades que de pronto reconocieron una prenda en aquel campo del horror en el Rancho Izaguirre. La ropa, las mochilas, las maletas de rueditas, los tenis, y sobre todo las cartas y mensajes hallados por buscadores, gritan el nombre de las víctimas. El “ya no me busques”, el “tengo miedo”, el “te amo”, el “no me quiero morir” cobran rostro, voz, identidad, de miles de historias personales, en su mayoría de chicas y chicos atrapados por el crimen organizado mediante el engaño de un empleo.

Imposible no condolerse, rabiar ante la impunidad y, frente a la deshumanización, recordar aquella propuesta de Marisa Belausteguigoitia cuando la pesadilla ya asomaba su rostro: “México necesita una política pública del consuelo”. Sí, y de justicia por las más de 120 mil personas desaparecidas. Leo pancartas en manos jóvenes: “Por un Jalisco donde ser joven no sea sentencia de desaparición” Otra: “Ya no me importa cuándo empezó, lo que quiero es que termine”.

Que termine. Que pare la normalización de atrocidades como las publicadas ayer: La muerte de siete jóvenes de la Pastoral Juvenil de la parroquia de Salamanca, abatidos por un comando armado mientras convivían en una cancha de básquet. O: “Secuestran a Alin Isaday, hija de madre buscadora en Veracruz: joven buscaba a su hermano desparecido”. Que se escuche a “Colectivos de familiares buscadoras de todo el país” y se atienda el comunicado que leyeron en el Zócalo: “Contra el horror y el infierno, ponemos la vida, la resistencia, la esperanza y exigimos justicia y no repetición”.

Leo en Minucias, de Ignacio Solares: “El mal tiene la ventaja sobre el bien /de ser más visible”. ¿Será posible revertir eso? También escribió: “Lo que le sucede a otros, me sucede a mí”.

adriana.neneka@gmail.com

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