Frente a la barbarie y la pérdida de lenguaje para nombrar la violencia que vivimos ¿qué importancia tienen las políticas culturales?, ¿a quiénes impactan en realidad? Sergio Raúl Arroyo cita a Marcuse cuando le dijo a Angela Davis: “Demasiado futuro sin presente”. Se refiere al discurso político y sus promesas. Ante diagnósticos apocalípticos ¿qué papel juegan el Estado, las instituciones, la sociedad civil, los artistas…?, ¿ quién construye un presente?

Durante la primera mesa del foro “Occidente, violencia y cultura” organizado por la Cátedra Internacional Inés Amor y el Centro Cultural Universitario Tlatelolco (CCUT) de la UNAM, María Minera y Jacobo Dayán nos reúnen a pensar si las políticas culturales pueden incidir contra la violencia.

Dentro del auditorio del Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC), Dayán abre la sesión, moderada por Paola Zavala, con la lectura de un documento emitido recientemente por el gobierno federal con políticas públicas como la campaña “Aléjate de las drogas” para reducir las causas del reclutamiento forzado del crimen organizado que, ante la gran violencia que vive el país y en el contexto de hechos como los de Teuchitlán, Jalisco, “no tienen ningún sentido”.

Sergio Raúl Arroyo encuentra en las hegemonías la mayor fábrica de violencia, la anulación del sujeto individual (“se emplea el recurso de lo comunitario como la muletilla de un humanismo artificioso”) y una versión secular de despotismo. De su profunda ponencia, destaco una pregunta en torno al México de hoy: ¿Es posible tal imperio del crimen sin la complicidad, la indiferencia o la utilidad política de la delincuencia? En un entorno donde la educación libre, el arte, los movimientos independientes relativos al género o al medio ambiente y las libertades públicas son vistas con desconfianza, la cultura “tiene una de las mayores tareas del pensamiento: advertir a los individuos de los peligros de la subordinación”. El antropólogo confía en la sociedad civil una posible luz en la apuesta por la vida.

Javier Sicilia, que caminó todo el país y hasta Estados Unidos con el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, se pregunta cómo es que 2 mil años después de culturización estamos en una crisis global así. “En el momento en que tenemos la mayor conciencia de lo humano tenemos la mayor destrucción del mundo en que lo humano debería de florecer”. Lo primero es reconocer la oscuridad. Cuando las instituciones “están desfondadas” y ante crímenes de lesa humanidad amparados por el Estado y la inacción de la ciudadanía, el poeta no encuentra más horizonte que las periferias, donde se resiste, se conserva la cultura. “Lo único que nos queda es preservar, en pequeños nichos de cultura, la humanidad, lo vivo, lo profundo”. Y resistir “por un principio humano, por un principio de dignidad, de fidelidad al mundo y a la vida de los seres humanos”.

En mi turno, apunto a los feminismos y a los movimientos ambientalistas como caminos posibles en donde encontrarnos con las y los jóvenes en busca de salidas. Porque a la narco cultura la impulsa una fuerte violencia patriarcal.

Afuera, el fin de semana: Cuauhtémoc Blanco, acusado de intento de violación, firma autógrafos, y una banda musical rinde homenaje a líderes del narcotráfico en un teatro lleno de entusiastas en Guadalajara y después en Michoacán.

En respuesta, la Secretaría de Cultura anuncia una campaña para que se deje de hacer apología de la violencia y se compongan, corridos tumbados “que le canten al amor, a la familia, a la naturaleza…” ¿A quién le habla la política cultural?

La reflexión sigue.

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