Al sur de la ciudad, sobre las columnas que detienen el segundo piso del periférico, cuelgan pendones con imágenes prehispánicas que imitan la estética de las tiendas de souvenirs. En el camino, pasos peatonales pintados de lila en combinación con el color guinda del partido en el poder. Todo parece preparar a la mirada para los ajolotes caricaturizados con decoración sicodélica que nos toman por asalto en muros, puentes, pasos a desnivel, autobuses y en cada rincón del espacio público, para rematar en el Zócalo del centro de la capital del país con un enorme “Ajologol” de acero inoxidable con penacho de colores.

La ciudad que se prepara para el Mundial de Futbol se ha convertido en un tributo a la estridencia y el kitsch. La infantilización en las redes y los discursos políticos se traslada a las calles que ahora lucen maquilladas al gusto del gobierno de la Ciudad de México. Me pregunto: ¿A quién se consultó?, ¿hay un comité de ética y estética cuya opinión tenga peso en estas decisiones?, ¿de quién es el rostro de la ciudad?

Hay en México urbanistas, arquitectos del paisaje, escultores, artistas y diseñadores a la altura de una ciudadanía que quiere vivir y no sobrevivir. La que padece inseguridad y contaminación, baches y ruido, inundaciones y escasez de agua, insuficiente transporte público, banquetas sobre las que no se puede caminar, ambulantaje en aumento …y ahora, candelabros estilo Galerías El Triunfo en el Metro Hidalgo

Fernando González Gortazar le dijo un día a Gabriel Macotela: “El arte urbano necesita un patrocinador dispuesto a invertir en una obra costosa. Para algunos el arte y la cultura están en el último lugar en la escala de prioridades, entonces ¿quién va a patrocinar el arte urbano? En algunos momentos, pocos, raros, ha sido la iniciativa privada, aunque yo pienso que el patrocinador por excelencia del arte urbano, no como un mecenazgo cicatero, de limosna, sino como parte de un compromiso con el bienestar del arte, debe ser el Estado”. Lo documentó Felipe Leal en un Opúsculo de El Colegio Nacional.

Escribió González Gortazar en Arquitectura, pensamiento y creación: “Algo bueno debe ocurrir en el alma cuando se entra a un edificio o se recorre una ciudad”. Sus propuestas abrían la puerta a una realidad posible donde la relación del ciudadano con la ciudad se erotiza. El peatón, y no el automóvil, es una prioridad. Las áreas verdes y las fuentes, las aceras y las plazas le ganan la batalla a la especulación y el paisaje a la publicidad. Vemos árboles y nubes y no cables sobre nuestras cabezas, rescatamos la vida nocturna y la búsqueda de una mejor ciudad es inseparable de una sociedad más justa donde no existe la indiferencia ante el sufrimiento y la humillación de los demás; se emprende una reforestación inteligente y una convivencia armónica con la fauna porque se entiende a la naturaleza como gran maestra de la vida, el arte y la cultura. Y nadie se rinde en la batalla, a toda costa, contra la incultura.

En la ciudad maquillada no solo se pretende ocultar baches sino comunidades agraviadas como las que buscan a cientos de miles de familiares desaparecidos; como las que padecen alguna discapacidad y miran azorados en el Metro la imagen caricaturizada de una niña en silla de ruedas, balón en mano, camiseta verde y la leyenda “Ciudad de México, capital del futbol y la inclusión”; como los verdaderos ajolotes en vías de extinción que luchan por sobrevivir en los humedales de Xochimilco …

Leo en un paso a desnivel la frase rodeada de ajolotes multicolores: “Ciudad de la transformación”. Y de la imposición visual, agregaría.

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