Pablo tenía 10 años cuando su papá le enseñó cómo se empuña un cuerno de chivo. A los 12 años ya cortaba perico, embolsaba crystal y era puntero del Cártel Jalisco Nueva Generación en Tierra Caliente, Michoacán. Hoy tiene 13 años y no está consciente de que fue reclutado para trabajar con este grupo delictivo, pues su padre lo incorporó después de normalizar esos delitos.
“Mi papá trabajaba en una ferretería, pero no teníamos dinero (...) Un día agarró una maleta, echó su ropa, su dinero y se fue mucho tiempo sin nosotros, luego regresó en una camioneta grande y nos llevó con él a la sierra. Allá comíamos bien, teníamos una casa de dos pisos, juguetes. Allá su comando me apadrinó y mi papá me regaló una moto y mi padrino me enseñó a empecherarme”, contó el adolescente a EL UNIVERSAL.
Pablo sabe que trabajó como halcón para uno de los cárteles con mayor presencia en México, pero piensa que los paseos en moto que daba junto a otros de sus amigos o las frecuencias de radio que monitoreaba son parte de un empleo honesto con el que su papá, un exjefe de plaza de un municipio de extrema pobreza, logró cambiar los frijoles de su mesa por carne.
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Creció pensando que el “jale” de su papá era lícito, como el de un abogado, un médico o como el oficio de cartero o herrero, pues desde que tiene memoria las actividades de halconeo, narcomenudeo y tortura eran cotidianas en su casa.
Así, durante un par de años el niño vigiló camionetas particulares y aprendió que “por cada troca que se le pasara del contrario le tocaban cinco tablazos”. Si no alertaba sobre el avance de vehículos de la Marina le tocaban 10, “pero con la tabla de hoyos”.
Ayudó a su padrino a cuidar a sus gallos de pelea, pero en esas fiestas, más que alejarse del halconeo, Pablo se acercó al consumo de sustancias adictivas; sin embargo, también aprendió de su padre que si quería subir de nivel en la organización delictiva tenía que mantenerse limpio de alcohol y de perico, así que, a cambio de no probarlas, su papá le ofreció enseñarlo a cortar y embolsar droga.
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“A mí no me hicieron nada. Mi padrino era bueno conmigo. No me llevaron al campo [de entrenamiento] a la fuerza porque yo quería ayudarle a mi papá. Conocí a otros que sí andaban metidos, pero yo no, sólo viví en la sierra y ayudé a mi papá. (...) Yo vi que si no ayudabas te tocaba un balazo en la cabeza o ir a la fuerza, pero yo no”, dijo.
Cuando llegó la hora de avanzar en su entrenamiento dentro de la organización, uno de los amigos de su papá le mostró videos de desmembramiento para enseñarle “a limpiar”, pero a los pocos días alguien le “puso el dedo” a su familia y él, su mamá, su hermana y su hermano mayor huyeron de Michoacán para no ser asesinados.
“Cuando sea grande quiero regresar y buscar al señor que puso el dedo, porque no quiero que maten a mi papá”, pues también normaliza el concepto de venganza.