Pedro Domínguez (nombre ficticio por seguridad) salvó a su hijo del reclutamiento forzado huyendo de su casa en Puebla. Miembros jóvenes de La Nueva y del Cártel Jalisco Nueva Generación quisieron obligar a su hijo Fermín a incorporarse a sus filas como halcón. Tras rechazar unirse, lo dejaron discapacitado porque le dispararon en la pierna y los pies.

Escapar de Puebla no es suficiente, piensa. Antes de llegar al hogar provisional donde hoy se encuentra, intentó trabajar en la Central de Abasto en la Ciudad de México, en un mercado en Tuxpan, Veracruz, y en un estado fronterizo, pero en esos lugares se topó con la y con la falta de empleo formal.

“Al salir de la casa pensamos que los problemas están resueltos y resulta que donde llegas hay otras reglas para trabajar sin que te molesten [el crimen organizado]. (...) Si mi hijo se iba con ellos, lo mataban, si se quedaba con nosotros, también, en todos lados hay peligro. Queremos irnos del país”, asegura el padre de familia a EL UNIVERSAL.

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Guadalupe, su esposa, vendía bordados tradicionales en Puebla y él atendía una tienda instalada en el patio de su casa. La pareja no cuenta con estudios de nivel básico, así que se esforzaron para que Fermín cursara primaria y secundaria.

Fermín no tomaba ni se drogaba y casi no tenía amigos, dice Pedro. Era un joven solitario que, considera, tenía algún grado de autismo porque nunca hizo amigos en la escuela ni cerca de su casa.

La mayoría de las personas del pueblo de Pedro se dedicaban a la cosecha y venta de sus alimentos. Otros, según platica el hombre, ayudaban a distintos grupos criminales con actividades como venta de estupefacientes, de choferes, halcones, a huachicolear combustibles, secuestro de animales de ganadería e invasión de predios.

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“Invitaron a mi hijo de dos diferentes banditas. Él me decía: ‘Papá, ¿qué más les digo? Yo no quiero irme con ellos’, y me consta que no quería. (...) Se salía a agarrar red con el celular a la cancha y allá lo toparon, frente a la iglesia y el centro municipal, con la policía a un lado, allá lo balearon en la pierna y los pies. Ahí me culpo, me digo: ‘Si lo hubiera dejado ir aún podría caminar’”, narra arrepentido.

Tres días después, la familia Domínguez abandonó su casa. Guadalupe planeaba que se fueran a Estados Unidos con sus parientes que emigraron hace unos años, pero no tienen pasaporte ni visa, entonces esperaban una cita en CBP One que ya no llegó.

Sin alternativas, llenos de incertidumbre por las políticas migratorias restrictivas, consideran regresar a la Ciudad de México o a Monterrey donde, dicen, por ser ciudades grandes está más controlado el crimen organizado.

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Fermín recibió atención médica después de que fue baleado. Hoy continúa en recuperación con apoyo de organizaciones no gubernamentales que visitan el asilo donde se encuentra su familia.

“Era morir o morir. No me lo quitaron [a Fermín], pero así como me lo dejaron, es lo mismo. La pasa muy mal. Ojalá que nos podamos ir pronto, aunque sea a una ciudad lejos porque ni cómo volver a la casa”, opina.

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