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“Si nos quedábamos en Venezuela nos moríamos”, afirma Alves, quien decidió viajar a México hace nueve meses debido a la escasez de medicamentos y alimentos.
Él, con hipertensión, y su esposa, quien llevaba tratamiento por el cáncer que padeció, expresan la preocupación que tuvieron al no hallar los medicamentos que necesitaban durante los últimos dos meses que estuvieron en el estado de Zulia. “Estábamos a la buena de Dios”, comenta el marido.
En Venezuela “no llegaba la medicina, para conseguir el medicamento tenía que recorrerme todas las farmacias de mi estado”, relata Alves, de 67 años. Su hija, preocupada por la situación, les dio un ultimátum para que se fueran a vivir con ella y su esposo. Al principio, el plan era quedarse sólo seis meses, pero al no mejorar las cosas en su país, acudieron a la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (Comar) para solicitar residencia.
La Comar los envió al Hospital General de México, donde recibieron la atención médica que requerían. A su esposa le hicieron más estudios y le dijeron que está sana, por lo que sólo tienen que hacerle su revisión anual, dice Alves.
“En Venezuela uno tiene que salir tempranito, a las seis de la mañana a cualquier supermercado, a esperar a que llegue algo de alimento —un pollo, un paquete de pasta, harina— para comprarlo a precios súper elevados. A veces me regresaba a casa sin nada, porque no había, se había acabado.
“Pedimos refugio porque necesitábamos vivir y México nos tendió la mano”, comenta Alves, quien llegó al país dos días antes del terremoto del 19-S. Después su peripecia, dice: “[Mi esposa y yo] nos sentimos como en casa. México atiende a sus refugiados bien”.
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