Rosario (nombre ficticio por seguridad), su madre, padre y su suegra de la tercera edad, así como Rafael y Érick, sus dos hijos menores, huyeron de Guerrero por miedo a que Los Ardillos también le corten la cabeza a otro familiar, pues su esposo Javier fue asesinado brutalmente frente a todos para mostrarles que “si no trabajan, a ellos les toca”.
Esperaban una cita de la aplicación estadounidense CBP One para escapar de México, pero las fuertes restricciones migratorias ya no se los permitieron. Hoy la familia vive desplazada, en búsqueda de alternativas para salir del país por el temor a que este grupo delictivo los pueda encontrar, ya que todavía los atormentan con más de 100 mensajes de texto y llamadas al día.
“Yo lo que le pido al gobierno es que nos protejan. Los narcos ya dominan regiones completas, ya no distinguen entre hombre, mujer, niño, niña, abuelos… A todos nos están matando. Queremos trabajar honestamente, pero en una ciudad controlada eso ya no se puede, o sueltas renta, o permites que ellos metan su negocio. Esto ya no es vida”, dice la señora a EL UNIVERSAL envuelta en llanto.
Lee también: El día que AMLO ofreció amnistía a Los Ardillos
Juan, esposo de Rosario, vendía dulces típicos, aguas, botanas y souvenirs en Taxco. Antes manejó un taxi, que, eventualmente, abandonó al darse cuenta de que el negocio está controlado también por grupos criminales.
No hubo ninguna sorpresa el día en que Juan narró a Rosario que estaba en peligro otra vez: “Ya me cayeron acá igual”, le dijo.
Primero, la banda criminal pidió con amabilidad a Juan ser su halcón. Le prometieron un pago de 14 mil pesos mensuales, pero el hombre, al conocer las prácticas de extrema violencia de los delincuentes mantuvo una respuesta negativa por un par de meses. Finalmente, fue obligado con violencia.
Lee también: Los Ardillos, intocables
“No recibimos nunca un pago. No queríamos estar en eso. No hay otra opción, le entras o le entras. Se puso más duro cuando tuvo que prestar el triciclo para mover droga y allá ni cómo denunciar”, relata Rosario.
Para tener un ingreso extra, Juan ofrecía café y pan por las mañanas. Los criminales, bajo amenaza de que lo iban a matar, consiguieron que el hombre moviera, además de estupefacientes otras mercancías o dinero.
Preocupado, el hombre dejó de salir a vender unos días. En consecuencia, los delincuentes fueron a su casa a cortarle la cabeza frente a toda su familia: “Tuvimos que salir huyendo. (...) Rafa y Érick jugaban a cortarle la cabeza a los pajaritos, ¿este daño merecemos? Yo no sé si [Juan] estaba dentro del grupo, tengo dudas, pero sí sé que no teníamos para comer, como muchos más, que no hay de otra y que ahora tenemos que irnos porque nos van a encontrar”, cuenta convencida.
Lee también: Grupo armado balea clínica propiedad de alcalde de Chilpancingo, Guerrero; no se reportan víctimas
Sin cita para solicitar asilo en Estados Unidos, los Castro ven con incertidumbre su futuro. Rafael y Érick dejaron de asistir a la escuela. La mamá de Rosario y sus suegros son de la tercera edad, por ello no pueden trabajar formalmente.
“¿A quién le gusta dejar su casa? A nadie. Somos humildes, vivimos pobres pero honestos. No matamos, no vendemos nada, no queremos meternos en esas cosas”, dice.