Culiacán, Sin.— Hubo un tiempo en el que una lata de aerosol podía ser motivo suficiente para despertar sospechas en las calles de . Block, artista urbano de 33 años, lo recuerda como si hubiera ocurrido ayer.

Cuenta que corrían mensajes advirtiendo que nadie debía andar pintando. Que las latas negras ya no estaban asociadas con el arte ni con el , sino con marcas que servían para señalar territorios, identificar viviendas o enviar mensajes entre grupos rivales. Había miedo.

“Mandaban comunicados así por las páginas. Decían que no querían ver a ningún hombre con aerosoles en la calle porque lo iban a quebrar. Los usaban para marcar el terreno. Para marcar que quemaban una casa o que era de cierto bando”, recuerda.

Este tipo de expresiones artísticas le regresan la vida a la ciudad de Culiacán, celebran los pobladores. Foto: VALENTE ROSAS/EL UNIVERSAL
Este tipo de expresiones artísticas le regresan la vida a la ciudad de Culiacán, celebran los pobladores. Foto: VALENTE ROSAS/EL UNIVERSAL

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La imagen contrasta con lo que ocurre ahora en una esquina del centro de Culiacán. Sobre las largas paredes de un viejo inmueble aparecen caprichosas figuras de colores intensos y palabras que hablan de resistencia y de sueños.

Surgen conceptos como identidad, amor y unión. Bajo un puente de Culiacán, los artistas trabajan mientras los automovilistas reducen la velocidad para observarlos.

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Donde antes hubo muros deteriorados, hoy aparecen murales. Y donde durante años se normalizaron mensajes vinculados a la violencia, un grupo de artistas intenta sembrar palabras distintas.

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La estrategia se llama Vamos Pintando, y de acuerdo con sus impulsores, nació con una idea sencilla: utilizar el arte urbano como una herramienta para reconstruir tejido social.

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“Los murales son un pretexto para la convivencia y para la construcción de paz”, explica Gabriela Camacho, la coordinadora del programa.

La iniciativa reúne el trabajo de diversas organizaciones civiles que desde hace años desarrollaban proyectos comunitarios en colonias y espacios públicos. Cuando decidieron unir esfuerzos, establecieron metas ambiciosas.

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Antes de la realización de cada mural hay reuniones vecinales, diagnósticos comunitarios y largas conversaciones para decidir qué quiere expresar cada colonia.

“No llegamos a pintar y nos vamos. Hay un trabajo previo con la comunidad. La gente decide qué mensaje quiere transmitir”, indicar Gabriela.

En una ciudad donde la violencia ha dejado cicatrices profundas, la estrategia busca construir símbolos diferentes.

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“Las palabras y las imágenes terminan permeando. No estamos diciendo que cambien las cosas de inmediato, pero creemos que reunirnos, dialogar y pintar juntos sí puede generar transformaciones”, afirma la coordinadora.

Diversos colectivos se unen para darle forma a la estrategia Vamos Pintando y generar símbolos diferentes en una ciudad golpeada por la violencia. Foto: VALENTE ROSAS/EL UNIVERSAL
Diversos colectivos se unen para darle forma a la estrategia Vamos Pintando y generar símbolos diferentes en una ciudad golpeada por la violencia. Foto: VALENTE ROSAS/EL UNIVERSAL

Mientras observa una de las obras dedicadas al tradicional tianguis de la ciudad, Yuveli Alesiram, quien firma cada una de sus obras como Cempasúchil, recuerda que lo más valioso no ocurre cuando terminan el mural, sino mientras lo están construyendo.

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“Nos traen agua, se quedan viendo, preguntan de qué se trata, los niños nos saludan. Eso es lo más bonito. Intentamos que la gente se vea reflejada. Que entienda por qué está ahí ese mural”, dice el artista.

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A Dos de Buche, quien lleva 12 años pintando murales, le gusta capturar expresiones humanas porque considera que una mirada puede comunicar mucho más que una frase completa.

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“Lo que me gusta es transmitir sentimientos. Cuando pasas todos los días por el mismo lugar, terminas quedándote con el mensaje”, afirma.

La relación entre arte urbano y comunidad también la conoce bien Block. Tiene 33 años y lleva prácticamente dos décadas vinculado al grafiti.

Block participó en uno de los murales más llamativos del centro histórico. Se llama Palabras que nos unen. Las frases están escritas de forma poco convencional. Obligan a detenerse. A mirar dos veces, a descifrar.

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“Queríamos que la gente pensara un poquito, que se bajara del ritmo acelerado de todos los días”, comenta el artista.

Menciona que la situación de violencia vivida en los últimos años cambió radicalmente la práctica del grafiti en la ciudad.

“Pintar ilegalmente en la calle se volvió casi imposible”, afirma.

Por eso considera importante abrir espacios seguros donde los jóvenes puedan expresarse.

“Les enseñamos que también pueden crear algo con sus manos”, explica Block.

Pero reconoce que pintar en su propia ciudad tiene un significado especial, porque aquí conoce las heridas y también conoce las posibilidades.

David Corrales observó durante semanas cómo avanzaba uno de los murales.

“Me tocó ver cómo lo iban haciendo día a día”, recuerda.

Lo que más le gustó fue descubrir que cada tramo tiene un significado. Que detrás de cada color hay una historia que contar. Que detrás de cada personaje existe una explicación.

En una ciudad frecuentemente asociada con el narcotráfico y la violencia, considera que estas obras ayudan a recordar otra realidad.

“Seguimos siendo gente trabajadora, esforzada y tradicionalista”, afirma, al señalar que la construcción donde se encuentra el mural Palabras que nos unen estaba prácticamente en ruinas. Había basura, suciedad y abandono. “Le están regresando la vida a la ciudad”, resume Corrales.

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