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Miles de infantes y adolescentes resultaron obligados a unirse a grupos delictivos. EL UNIVERSAL escuchó testimonios de cuatro menores de edad que están refugiados en albergues después de haber sido enrolados y huir de sus entidades para proteger sus vidas.

“A mi hermano lo quieren matar"
Vendió estupefacientes, sirvió de vigilante y cometió homicidios para el Cártel de Sinaloa.
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“A mi hermano lo quieren matar y por eso no podemos volver a nuestra casa”, dice Ricardo.

Eder, hermano mayor de Ricardo —se cambiaron los nombres para proteger la identidad— vendió estupefacientes, sirvió de vigilante y cometió homicidios cuando decidió, por voluntad propia, integrarse a una facción del Cártel de Sinaloa.
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Huyeron con toda su familia
También intentó encauzar a su hermano menor en sus actividades ilícitas con la promesa de “tener una vida mejor sin estudiar” hasta que un día intentaron matarlo y tuvo que huir junto a toda su familia de su municipio de origen.

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“Por cambiarse de grupo lo buscaban. Le tenían envidia porque le iba bien. Creo que ellos rafaguearon mi casa. Le dieron a mi papá en el hombro, le quedó mal el brazo y a mi hermano casi lo matan, le dieron en la ingle, en la clavícula y yo le hice un torniquete con una cobija para que no se muriera”, recuerda el niño de 14 años, de Zacatecas, en plática con EL UNIVERSAL.
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