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Angeles Marcial Mejía creció entre surcos. Su infancia no estuvo marcada por laboratorios ni por grandes centros de innovación, sino por la tierra de la Mixteca poblana, en la localidad de Zaragoza de la Luz, municipio de Tulcingo.
Ahí aprendió desde muy pequeña, de la mano de su madre, cómo se prepara el suelo, cómo se siembra y cómo se espera la lluvia cuando el cultivo depende del temporal. Años después, esa niña que acompañaba a su mayor inspiración al campo fundaría Earth-IoT, una plataforma tecnológica que busca transformar cómo los pequeños y medianos productores toman decisiones sobre la tierra.
Sensores, estaciones de monitoreo, inteligencia artificial y capacitación forman parte de la propuesta que combina datos con empatía. Su historia es la de una mujer que decidió intervenir en dos territorios que están tradicionalmente dominados por hombres: la tecnología y el campo.

Ser mujer en territorio masculino
Ángeles reconoce que no ha sido una tarea fácil para ella asentar su proyecto, pues en el camino su posición como mujer ha influido de manera significativa. En muchas comunidades, recuerda, la primera barrera no era técnica, sino cultural.
“Llegas con una solución y, además, siendo mujer, tienes que romper el paradigma de que tú puedes explicarles cómo mejorar sus procesos”, comenta.
Para generar confianza, la estrategia fue clara: escuchar antes de vender, entender necesidades reales, construir relaciones, pero una de las fortalezas más importantes que desarrolló en este proceso fue la empatía:
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“No se puede hablar de dirigir un proyecto si no se comprenden las necesidades del equipo ni las de quienes usarán la solución”, señala.
La motivación de Ángeles no surgió en un centro tecnológico, sino en la experiencia compartida. Ella y su cofundador, ambos provenientes de familias productoras, entendieron desde jóvenes las vulnerabilidades del campo: dependencia climática, escaso acceso a asesoría técnica y altos costos de insumos, entre otros temas.
Esto los llevó a crear un proyecto de investigación enfocado en monitoreo de agua, que con el tiempo evolucionó hacia una solución integral para la agricultura.
Recuerda que hubo momentos en que sintió el peso del escepticismo. Recibía comentarios cercanos que dudaban de la viabilidad del proyecto, así como fondos que rechazaban invertir en pequeños productores o inversionistas poco interesados en el sector agrícola. Sin embargo, aprendió a resignificar el rechazo.
“Es parte del camino. Si no tienes clara tu visión cualquier negativa te desanima”, afirma.
Hoy, su tecnología mide variables del clima, del suelo y del cultivo, y ofrece recomendaciones personalizadas a través de un asistente virtual potenciado con IA que llega directamente al celular del productor. En siete años, ese proyecto que empezó con pocos recursos hoy tiene presencia en siete estados del país.
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Sembrar sueños
Ángeles no romantiza el emprendimiento. Lo describe como incierto, demandante, lleno de negativas, pero también como un camino posible cuando se construye comunidad.
“Ser emprendedora en el sector rural requiere mucha empatía y perseverancia”, señala. En este sentido, una de las convicciones más importantes para ella fue que la innovación puede nacer lejos de los grandes centros urbanos y convertirse en un proyecto que ayude a aquellos sectores más vulnerables.
De acuerdo con el Censo Agropecuario 2022 realizado por el Inegi, nueve de cada 10 pequeños productores no tienen acceso a tecnología ni asesoría agrícola.
La brecha es aún más profunda para las mujeres rurales, quienes suelen cargar con el trabajo doméstico, la administración del hogar y parte de las labores del cultivo.
La Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural informa que para diciembre de 2024, 894 mil 608 mujeres estaban ocupadas en actividades primarias (agricultura, ganadería, pesca, forestal, caza), lo que representó 15.2% de ese sector en México.
Por eso, en los programas de capacitación que impulsa su empresa Ángeles busca integrar activamente a productoras y jóvenes.
“Las mujeres no sólo participan en la cosecha, también gestionan, administran y toman decisiones. Profesionalizarlas, darles herramientas para interpretar datos y fortalecer su liderazgo comunitario puede traducirse en autonomía económica y mayor visibilidad”, dice.
Hoy, además de impulsar tecnología agrícola, promueve la creación de redes y alianzas. Recientemente abrió un programa dirigido a comunidades rurales que permite a asociaciones de productores acceder a su tecnología de manera subvencionada, reduciendo la barrera económica inicial.
Innovar desde el campo
Su historia no es sólo la de una startup agrícola. Es la de una mujer que entendió que el campo necesita datos, pero también voz femenina. Que la innovación no está reñida con la tradición y que venir de una comunidad rural no limita el alcance de los sueños.
Dice que si pudiera hablarle a la joven que era hace unos años le diría que no tuviera pena de expresar sus ideas. Que no permita que los comentarios ajenos apaguen su voz. Y a las mujeres que hoy dudan en dar el salto les lanza un mensaje claro: “No se sientan solas. Siempre va a haber redes de apoyo”.
Su propio recorrido estuvo marcado por dificultades económicas. Viajar cuatro horas desde su comunidad hasta la capital de Puebla para estudiar implicó sacrificios familiares. Su madre, quien sólo cursó la primaria, pero sostuvo económicamente a sus hijos, es su mayor referente. También una tía, quien enfrentó múltiples obstáculos para convertirse en enfermera. En ellas vio resiliencia y capacidad de gestión. En su historia encontró las primeras lecciones de emprendimiento.
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En un ecosistema emprendedor, que en 2015 era aún incipiente en Puebla, aprender a hacer un pitch, entender indicadores o acercarse a inversionistas fue un proceso autodidacta y de búsqueda constante de convocatorias y mentorías. La falta de conexiones ralentizó el crecimiento, pero también fortaleció su determinación.
En un país donde el campo sostiene la alimentación de millones y donde las mujeres rurales sostienen hogares y cosechas, su apuesta tecnológica es también una apuesta política: “Que la transformación digital incluya a quienes históricamente han quedado fuera”.
Porque, como ella misma lo resume, creer en la propia visión puede ser el primer acto de resistencia. Y también el inicio de una revolución silenciosa, sembrada surco a surco.
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