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Ottawa
“Su estrella se está desvaneciendo”. El analista geopolítico Ian Bremmer resumía así para The Washington Post la figura del primer ministro canadiense, Justin Trudeau (Ottawa, 1971), el otrora flamante abanderado del progresismo mundial que, cuatro años después de prometer “caminos soleados” y el “retorno” de Canadá, está en peligro.
Trudeau no ha cambiado su imagen. Sigue queriendo ser el político moderno, cercano, de sonrisa perfecta, defensor de los derechos de los más desfavorecidos, un feminista.
Pero su halo ya no es el que era. El premier ha hecho mella en un mundo en el que figuras progresistas están de caída.
Ser amigo de Barack Obama, el expresidente de Estados Unidos de enormísima popularidad en Canadá (más de 81%) y que le dio apoyo explícito hace unos pocos días diciendo que Trudeau es uno de los pocos líderes mundiales que quedan con una agenda progresista, quizá no es suficiente.
Lo que hace cuatro años era novedad ahora ya es caduco, su avidez en redes sociales es compartida por muchos otros candidatos y ya no es sorpresa entre campañas políticas.
Lo peor, quizá, es que él mismo ha ido generando un clima que lo perjudica, en parte por las consecuencias de liderar un país, en parte por heridas autoinflingidas, algunos dicen por el hecho de creer todavía que vive en la nube de privilegio en la que nació y creció, niño de cuchara de oro hijo de un exprimer ministro muy popular, Pierre Trudeau.
Su pasado lo ha perseguido en esta campaña, especialmente cuando aparecieron imágenes suyas con la cara pintada de negro, un gesto considerado más que racista. Trudeau tuvo que salir rápidamente a disculparse días consecutivos reconociendo el error, asumiendo sus privilegios y, a la vez, mostrándose como alguien común, como cualquier canadiense, capaz de equivocarse y humilde para pedir perdón.
Fue la mancha final a la credibilidad a varios tropiezos de imagen que han puesto a Trudeau, el exboxeador del tatuaje en el hombro de juventud rebelde sin causa, en una posición inimaginable hace cuatro años, cuando apareció como una estrella fugaz en el contexto político mundial como la luz de la esperanza de no sólo el progresismo, sino del futuro del multilateralismo.
Son malos tiempos para esas ideas, y Trudeau ha tenido que arremangarse (también literalmente) para seguir tratando de convencer a los canadienses de que, si quieren “ir adelante” como dice el eslogan del Partido Liberal, él es la única opción.
Pero cuatro años en el gobierno han desgastado su retórica, ambivalente en el tema ambiental (incluso Greta Thunberg, la activista climática, lo acusó de no hacer “suficiente”). A pesar de tener una economía sólida, con cifra baja de paro, nada parece que vaya a aliviar una caída del que prometía ser “chico maravilla” y que ahora, cuatro años después, lucha por sobrevivir.
Hace unos días apareció en campaña el Trudeau más emocional. En Toronto, en el día que su padre hubiera cumplido 100 años, recordó las enseñanzas de una figura que lo ha marcado toda su vida, ejemplo a copiar y cuyos pasos ha seguido.
Pierre Trudeau llegó a la silla de primer ministro en 1968, aupado por un fenómeno de Trudeaumanía, pero en 1972 enfrentó una campaña de reelección complicada. Perdió más de 40 asientos en la Cámara de los Comunes, pero sobrevivió como pudo para seguir en el poder. Su hijo, quien llegó al poder en 2015 por una ola igual de Trudeamanía, hoy enfrenta un panorama igualmente difícil, del que busca, como su padre, sobrevivir.
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