Donald Trump ganó las elecciones de noviembre de 2024 pese a múltiples escándalos, incluyendo declaraciones misóginas y denuncias de presunta conducta inadecuada con mujeres.
En algún momento se le describió como el candidato “teflón”, al que todo parecía resbalársele, por grave que fuera.
Se atribuyó los triunfos de Javier Milei en Argentina; de Nasry Asfura en Honduras; incluso la elección del papa León XIV, el primero de origen estadounidense. Era el “fenómeno Trump”.
Hoy, la situación es muy distinta. La derrota de Viktor Orbán, en Hungría, dejó claro además del hartazgo de los húngaros con la corrupción del gobierno y su alejamiento de Europa, la profunda impopularidad de Trump en Europa. En vez de ayudarle, el apoyo explícito de Trump, y el envío a Hungría del vicepresidente JD Vance en las horas previas a la elección, perjudicó al primer ministro, que se despide del poder después de 16 años, arrasado, mientras Europa celebra por todo lo alto.
La guerra que Trump emprendió en Irán terminó de hundirlo. No sólo los europeos, sino los estadounidenses están hartos de las políticas injerencistas, las guerras sin ton ni son, emprendidas por el presidente republicano.
Si ya se veía una fractura en el movimiento MAGA que impulsó a Trump a la Casa Blanca, hoy hay una guerra declarada.
Figuras como Marjorie Taylor Green, Tucker Carlson o Alex Jones, hasta hace poco fieles devotos de Trump, rompieron con él y el divorcio se ha dado en los peores términos posibles, con acusaciones, de parte de ellos, de que el mandatario “enloqueció”, “perdió el control”, “se dejó arrastrar” a una guerra sin sentido ni objetivo por el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu.
Trump, en respuesta, los acusa de “traidores, fracasados”. La tregua anunciada en Irán tampoco salió bien. Netanyahu decidió atacar con todas sus fuerzas a Hezbolá, en Líbano, y le dio un balazo en el pie a su “amigo”. Trump parece no tener la menor idea de cómo salir del atolladero iraní.
Los republicanos, en tanto, tampoco saben qué hacer con Trump. Nadie parece poder contenerlo, y sus posibilidades, de cara a las elecciones de noviembre, son más que oscuras. Los demócratas se perfilan para una victoria clave, y no por mérito propio, sino por el desastre que está provocando Trump.
El mandatario guardó silencio total tras la derrota de su “amigo” Orbán. En cambio, como una fiera herida, se dedicó a atacar al papa León XIV, a quien llamó “débil”, “terrible en política exterior”, “demasiado liberal”, por sus críticas a la guerra en Irán. Las declaraciones, y una foto creada con inteligencia artificial (IA) no cayeron bien entre los estadounidenses, que le exigieron bajar la foto y lo acusaron de “blasfemo”.
Trump está desesperado y es consciente de que ya no es más la figura a cuyo lado todos quieren aparecer. Es el nuevo “apestado”. Pero sigue siendo el presidente del país más poderoso del mundo, y una fiera nunca es más peligrosa que cuando está herida. Sus próximos actos pueden terminar de incendiarlo todo. Más, cuando no ha tenido reparo en decir que es capaz de “destruir una civilización”.
Trump sólo obedece a sus propios impulsos. Y quienes lo rodean han sido incapaces de decirle: “No, señor presidente. Eso que pretende hacer será un desastre total”. Si habrían logrado que cambiara de opinión, es otro cantar. Pero con la inestabilidad económica y política que hay en estos momentos, cortesía de Trump, es hora de que digan “¡Basta!” antes de que sea realmente demasiado tarde. Bien dice el dicho: “No sólo peca el que mata a la vaca, también el que le ata la pata”.
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