El uso, por parte del gabinete del presidente Donald Trump, de una aplicación de mensajería comercial para debatir planes de guerra, y la inclusión no intencional de un periodista en el chat, es por demás revelador.
Un secretario de Defensa, un vicepresidente, un secretario de Estado, una directora Nacional de Inteligencia, juntos, en Signal, hablando de los planes para atacar a los hutíes en Yemen, detallando con qué armas y cómo hacerlo, expresando su franco menosprecio hacia Europa, de pasada, mientras eran leídos por Jeffrey Goldberg, editor en jefe de The Atlantic, a quien Mike Waltz, el asesor de Seguridad Nacional creador del chat, agregó sin querer.
Para el público en general, ha sido una suerte que el periodista fuera incluido y decidiera revelar lo que pasó. También para los participantes.
En el primer caso, porque la gente pudo enterarse de que el gabinete del presidente del país más poderoso del mundo prefiere usar una aplicación de mensajería con todas las debilidades que incluso la más segura puede tener, que usar los canales seguros de comunicación que existen y deben usarse para abordar temas como un próximo ataque. Por más que Trump insista en que no se manejó “información clasificada”.
Al paso de los días se ha revelado que uno de los participantes en el chat, Steve Witkoff, enviado especial para Medio Oriente y el conflicto ruso-ucraniano, estaba nada menos que en Rusia. Signal, igual que cualquier otra app de mensajería, es susceptible a hackeos… Menos mal que la Casa Blanca insiste en que Witkoff no llevaba sus teléfonos con él cuando habló con el presidente Vladimir Putin. ¡Qué alivio!
El Signalgate ha servido para evidenciar, por un lado, lo que puede pasar cuando en carteras tan importantes como Defensa, Seguridad Nacional o Inteligencia pones al frente a inexpertos. En los dos primeros casos, a figuras de televisión, para ser precisos. No saben de seguridad, pero son fans de los emojis. Por el otro, que por muy inexpertos, tienen claro una cosa: Signal es una app que permite “borrar rastros”, algo que, evidentemente, importa mucho al gabinete de Trump.
Para los participantes en el chat, la buena noticia es que no fue, al menos que se sepa, un actor mal intencionado el que leyó la conversación. Pero el Signalgate habla mucho más de Trump. A pesar de la gravedad de lo ocurrido, no sólo no ha habido consecuencias para los participantes, sino que los ha defendido a ultranza. No por su particular estima hacia ellos, sino para no dar esa victoria a The Atlantic.
Ahora, Trump pretende ir más allá. En vez de dejar claro que su gobierno no permitirá que un error de este tipo vuelva a ocurrir y que nunca más su gabinete recurrirá a los medios no adecuados para hablar de sus políticas de gobierno, decidió que quien merece castigo es… el periodista. Su gabinete, y él mismo, insinúan que Goldberg se incluyó de algún modo, adrede, en el chat. Matar al mensajero, mejor que al cáncer que carcome al gobierno y que ha exhibido su mortal debilidad.