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El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, ha dejado claro que, en la guerra con Irán y Hezbolá, sus prioridades van antes que las del presidente Donald Trump, a quien ha sacado de sus casillas más de una vez en los últimos días.
“Estás jodidamente loco”, “Yo tomo las decisiones, no Netanyahu”, son algunas de las declaraciones que ha soltado Trump, quien busca cómo salir del atolladero en el que él mismo se metió en Irán, mientras el premier israelí ataca Hezbolá y ordena ampliar operaciones en el país donde el movimiento proiraní opera.
Las llamadas entre ambos líderes se han incrementado, igual que el tono que emplea el presidente Trump, quien busca mantener la tregua y, a la vez, cómo pintar como victoria lo que ha sido un fracaso en Irán; cómo defender como acierto lo que ha sido un error de cálculo.
Trump entró a la guerra convencido de que Irán caería en días; que la muerte del ayatola Ali Jamenei sería el fin del régimen e incentivaría a los iraníes a levantarse en armas. Netanyahu jugó un papel clave en convencerlo de que ese era el escenario. La inexperiencia, ambición y falta de ganas del equipo de Trump en contradecirlo, impidieron que alguien le hiciera ver que las cosas no se resolverían tan fácilmente y los riesgos que podía correr.
El optimismo dio paso a la preocupación. Irán hoy es un caos, sí, debido a que buena parte de su liderazgo quedó eliminado. Pero el régimen está muy lejos de estar muerto. Lo que ha ocurrido es que, con una dirigencia oculta, herida, hay problemas de comunicaciones, de contactos y de visiones respecto de lo que debe hacer Teherán a continuación. Por lo pronto, ha mostrado que no era un rival fácil de vencer; que 100 días después de iniciada la guerra, es capaz de seguir atacando y desafiando a Estados Unidos. Trump no sólo no ha logrado aplastar al régimen, sino que ahora negocia un acuerdo de paz que los medios comparan con el de su enemigo número uno, el expresidente Barack Obama. Para el mandatario republicano, no puede haber algo peor que eso.
Por si no tuviera suficiente, enfrenta fuego amigo. Tanto él como Netanyahu insisten en que mantienen firme su alianza. El gobernante israelí dice que el Estados Unidos de Trump ha sido “el mejor amigo” de Israel, y que sí, han tenido sus desacuerdos, pero que eso pasa “hasta en las mejores familias”. El problema es que los desacuerdos le están costando muy caro a Trump.
Con elecciones parlamentarias en octubre, Netanyahu no puede darse el lujo de mostrarse como un líder débil. Por ello, afirma que continuará atacando a Hezbolá, y a Irán si se pone en el camino, porque se trata de amenazas a la seguridad nacional. El pequeño detalle es que Trump también enfrenta elecciones legislativas clave, en noviembre, y un creciente rechazo (de entre 53 y 60%, según las últimas encuestas) a la guerra en Irán.
La amistad Trump-Netanyahu, indican los hechos recientes, termina donde comienzan los intereses políticos de cada uno. Si Trump está cavando su propia tumba, el primer ministro israelí le está ayudando… a hacerla más profunda.
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