Miami.— Susana (quien prefirió no usar su nombre real) cruzó la frontera por primera vez cuando era joven, con la mirada puesta en un horizonte donde el trabajo digno y la posibilidad de mantener a su familia justificaban cualquier riesgo. En 2007 dejó atrás los cerros de tierra ocre y enverdecidos de Michoacán, su comunidad, su madre anciana y un puñado de recuerdos encerrados en una casa de adobe y ladrillo.
Lo que no dejó fue su identidad, que la sostuvo durante los 18 años que pasó en California, cultivando tomates, recogiendo naranjas, podando viñas y criando a sus hijos; “Si tan siquiera nos hubieran dado papeles y la oportunidad de no estar con ese miedo de todos los días [por ser indocumentados], otro gallo cantaría”, dice a EL UNIVERSAL.
“Nunca me metí en problemas. Sólo trabajaba, siempre trabajaba”, cuenta y recuerda las cajas con sus pertenencias y las de sus dos hijos, que terminó de cerrar la mañana del 13 de febrero. Ese día selló la decisión que venía rumiando desde hacía meses: dejar EU, voluntariamente, para regresar a México.
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No fue una decisión impulsiva. “Ya intentamos arreglar papeles muchas veces, pero no se pudo”, contó en voz baja. Esa frase contenía años de papeleo, de abogados, de esperas sin respuesta, de promesas rotas por un sistema migratorio que parecía ciego ante las vidas que sostenía; sin importar quién gobernara EU y cuáles promesas hubieran hecho a los indocumentados y en general a los votantes latinos.
El regreso de Donald Trump a la presidencia la decidió. Nuevas órdenes ejecutivas firmadas en los primeros meses de este año ampliaron aún más las prioridades de deportación, afectando no sólo a quienes tuvieran antecedentes penales, sino también a personas como ella, cuya única “falta” fue haber ingresado al país sin documentos. “Mis hijos y yo estábamos en esa lista no escrita y, ¿qué debía hacer?”, se preguntaba angustiada, “¿esperar a que me detuvieran quién sabe dónde y que tal vez me encerraran sin ver a mis hijos y perder lo poquito que tengo?”.
El miedo dejó de ser un rumor. En su barrio, en la zona de Perris, comenzaron a circular historias de vecinos que habían sido detenidos de un momento a otro. Susana escuchaba con el corazón encogido cómo los hijos de su vecina lloraban porque su padre no regresó del trabajo. Supo entonces que la siguiente podía ser ella. “Ya no quiero vivir escondiéndome. No quiero que mis hijos me vean con miedo”, recuerda que confesó a su comadre una noche antes de comprar boletos de regreso a México.
El Consulado de México en San Bernardino, California, se convirtió en un punto de apoyo fundamental. Acudió con la esperanza de que al menos su regreso no fuera tan doloroso en lo material. Le habían comentado sobre el programa Lista de Menaje de Casa, una iniciativa del gobierno mexicano que permite a los repatriados llevar consigo muebles, electrodomésticos y otros bienes sin pagar impuestos. “Lo que hacemos es apoyar a nuestros paisanos para que su regreso a México sea lo más sencillo y menos pesado posible”, comentó a este diario un portavoz del consulado mexicano. A través de este programa, pudo empacar su refrigerador, sus dos televisores, los colchones y hasta su pequeño auto, un modelo compacto 2013 que compró con mucho sacrificio.
Decidió no utilizar el programa del gobierno de Trump conocido como CBP Home, una iniciativa estadounidense para coordinar salidas voluntarias de EU de inmigrantes. “No quería nada con ellos. Me voy por mi cuenta, con mi dignidad”, y recuerda hacer cuentas de lo que se llevaría a México.
Era su manera de retomar el control de su destino, en medio de un sistema que tantas veces la había hecho sentir como una extraña a pesar de llevar casi dos décadas, pagar impuestos y no tener ningún antecedente penal. Pero en especial, tener dos hijos estadounidenses. Cuenta que el día de su partida, sus vecinos y amigos se congregaron frente a su casa. La ayudaron a cargar la mudanza que llevaría sus cosas a México. Les regalaron abrazos y lágrimas. “Siempre fuiste una mujer trabajadora y dedicada a su familia. Te vamos a extrañar”, le comentó su vecina más cercana.
Cuenta que el viaje de regreso a México fue largo, pero sereno. Sus hijos, de 16 y 14 años, nacidos en EU, la acompañaron. Iban callados, mirando por la ventana, sin saber aún si ese regreso era definitivo para ellos. “Cuando mis hijos sean mayores de edad, si quieren regresar, los voy a apoyar; EU también es su país, es donde han crecido, pero yo me quedo ya en mi país”, repite.
En Uruapan, Michoacán, la casa familiar los esperaba; lleva dinero para construirse una casita donde vivirán. No será grande, pero será suya, asegura. El refrigerador, la licuadora, el sofá viejo, todo tiene una historia. Todo es testimonio de lo que había sido su vida en EU.
Estaba de vuelta, con el alma dividida, porque EU le había quitado cosas, pero le había dado lo más importante: sus hijos. Comienza otra etapa, con menos angustias y miedos. No se considera una víctima, sino una sobreviviente.
“Yo me quedo en mi país”, dice con una mezcla de certeza y tristeza. No lo dice para convencerse, sino para afirmarse, para plantar una bandera sobre su propia historia. Porque a pesar del dolor, del desarraigo, del retorno forzado, sabe que ha elegido el camino más importante, el de la dignidad. Y en ese camino, otra vez se siente libre.