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Miami.— La lucha contra el cáncer infantil ha logrado avances notables en las últimas décadas; sin embargo, sigue siendo una de las principales causas de mortalidad infantil a nivel mundial, con cientos de miles de nuevos casos al año, lo que refleja que junto a los logros persisten enormes desafíos.
La biología molecular ha revolucionado el enfoque, se han identificado alteraciones genéticas específicas de tumores pediátricos que permiten diagnosticar con mayor precisión y personalizar terapias. Por ejemplo, en la Leucemia Linfoblástica Aguda (LLA), el cáncer infantil más común, el análisis genético de subtipos ha contribuido a elevar la tasa de curación alrededor de 90%.
“La investigación genética en cáncer infantil sigue avanzando a pasos agigantados. Hoy, su papel es doble y complementario: detectar predisposiciones hereditarias y analizar el tumor de forma exhaustiva, con el fin de identificar puntos débiles que permitan tratamientos más eficaces y menos tóxicos”, explican expertos en el marco del Día Mundial contra el Cáncer Infantil, que se conmemora este 15 de febrero. Este enfoque de medicina de precisión ha sido especialmente valioso para cánceres de mal pronóstico o resistentes, guiando terapias dirigidas contra mutaciones específicas y reduciendo tratamientos “a ciegas”, dice un informe de la Fundación CRIS contra el Cáncer.
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El gran hito fue el desarrollo de las terapias con células CAR-T (receptor quimérico de antígeno), que consisten en extraer linfocitos T del paciente, modificarlos genéticamente para que reconozcan una molécula del tumor y reintroducirlos para que ataquen con mayor eficacia. “Es como añadirles un radar a las células inmunes para poder reconocer al cáncer”, explica el médico Enrique Martínez a EL UNIVERSAL.
En 2017 se aprobó el primer tratamiento CAR-T para niños con leucemia y, desde entonces, esta técnica ha salvado a muchos pequeños con cánceres de la sangre que no tenían otras opciones. Actualmente se trabaja en extender esta “revolución inmunológica” a tumores sólidos, tradicionalmente mucho más difíciles de tratar con inmunoterapia e incluso en nuevas versiones más potentes de células T diseñadas para reclutar al resto del sistema inmune contra el tumor. “La inmunoterapia ha abierto una vía de esperanza para muchos casos resistentes a la quimioterapia convencional”, señala Martínez.
Además, “la introducción de medicamentos efectivos contra las náuseas [como ondansetrón] o que estimulan la médula ósea [filgrastim] revolucionó el manejo de los efectos secundarios de la quimioterapia”, destaca el informe especializado. Gracias a fármacos, los niños pueden recibir quimioterapias más intensivas cuando es necesario, con menos riesgo. La estrategia de combinar tratamientos ha demostrado ser clave. Cirugías, quimioterapias, radioterapias y nuevas inmunoterapias se emplean ahora de manera integrada y personalizada.
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Estudios indican que atacar varios puntos vulnerables del tumor simultáneamente mejora los resultados; por ejemplo, se ensayan combinaciones de fármacos dirigidos con inmunoterapia para golpear distintas vías de crecimiento tumoral a la vez o esquemas de inmunoterapia más quimioterapia que buscan mantener la alta eficacia reduciendo toxicidad a largo plazo.
A decir de expertos en el campo de la radioterapia, la introducción de la protonterapia representó otro salto adelante: a diferencia de la radiación convencional, un haz de protones deposita la dosis con extrema precisión en el tumor, minimizando el daño al tejido sano circundante. Esto disminuye las secuelas en órganos en desarrollo, un objetivo vital dado que los niños curados “tienen delante toda una vida”.
“Las terapias actuales no sólo curan a más niños que nunca, sino que lo hacen de forma cada vez más ajustada al perfil de la enfermedad y con menos efectos colaterales permanentes”, comenta Martínez.
Como el cáncer pediátrico es relativamente infrecuente, médicos y científicos de distintos países unieron fuerzas en grandes consorcios para realizar ensayos clínicos cooperativos. Todos los tratamientos hoy estándar se desarrollaron a lo largo de décadas gracias a estudios multicéntricos en grupos cooperativos. “Para ello se requiere un importante esfuerzo colaborativo entre sociedades médicas e investigadoras, junto con hospitales y universidades”, señala un informe de la Fundación CRIS contra el Cáncer, subrayando la importancia de redes como la Sociedad Internacional de Oncología Pediátrica (SIOP) en Europa o el Children’s Oncology Group (COG) en EU.
En países como España, la Sociedad de Hemato-Oncología Pediátrica (SEHOP) forma parte de estos esfuerzos.
Pese a los avances, no todas las formas de cáncer infantil han cedido terreno por igual. En EU, los cánceres del cerebro han reemplazado a la leucemia como la principal causa de muerte oncológica pediátrica, en parte gracias a las mejoras logradas contra la leucemia y en parte debido a la frustrante falta de progresos equivalentes contra los tumores cerebrales. “Creo que la mayoría de la gente, cuando piensa en el cáncer infantil, piensa en leucemia”, comenta Sally Curtin, demógrafa de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de EU. “Se trata de una especie de cambio de guardia”, dice. Sólo en 2014, una de cada 10 muertes infantiles en EU fue por cáncer y, de éstas, la cuarta parte, 534 casos, se debió a tumores cerebrales, por encima de las 445 muertes por leucemias ese año.
Un ejemplo extremo de cáncer infantil de tumor cerebral es el conocido como glioma difuso intrínseco de tronco encefálico (DIPG), poco frecuente pero prácticamente incurable. “Cuando comprobamos que es un DIPG de alto riesgo, sabemos que en nueve de cada 10 casos el paciente va a fallecer en los primeros dos años. La mortalidad es casi universal”, admite el doctor Andrés Morales, del Pediatric Cancer Center Sant Joan de Déu en Barcelona.

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Lo mismo ocurre con otros tumores agresivos, muchos sarcomas metastásicos o neuroblastomas de alto riesgo aún presentan pronósticos desalentadores.
Desarrollar tratamientos efectivos para estas formas resistentes, incluyendo terapias génicas, inmunológicas o dirigidas a mutaciones específicas, es uno de los grandes retos.
En los países de ingresos altos, más de 80% de los niños con cáncer logran sobrevivir y alcanzar la adultez. En cambio, en naciones de bajos recursos la tasa de curación promedio no supera 30%. Esto “se debe a diagnósticos tardíos, falta de acceso a tratamientos especializados y abandono terapéutico, entre otros factores”, explica Martínez. La Organización Mundial de la Salud (OMS) lanzó en 2018 la Iniciativa Global contra el Cáncer Infantil, con la meta de elevar la supervivencia mundial al menos a 60% para 2030.
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“Alcanzar ese objetivo implicará fortalecer los sistemas de salud, garantizar medicamentos esenciales en todos los entornos y formar a más profesionales en la detección y cuidado oportuno del cáncer infantil”, señala el médico; hoy sólo 29% de los países de bajos ingresos reportan disponibilidad de fármacos oncológicos pediátricos básicos. Varias iniciativas internacionales, a menudo con apoyo de centros de referencia como St. Jude, ya están en marcha para mejorar la atención en regiones desfavorecidas.
A la par, existe un reto financiero y de voluntad política: la falta de financiamiento suficiente para investigar el cáncer infantil. Paradójicamente, los avances logrados contrastan con los recursos limitados históricamente asignados a esta área. En EU, sólo entre 4% y 8% del presupuesto federal destinado a investigación oncológica se invierte en cáncer pediátrico. La escasez de fondos frena el desarrollo de nuevos fármacos específicamente pediátricos y obliga a depender en gran medida de fundaciones y donantes para impulsar estudios clínicos.
De cara al futuro, aumentar la inversión pública y privada en oncología infantil será esencial para convertir las promesas de la ciencia en tratamientos disponibles para todos los niños, sin importar su lugar de nacimiento.
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Cada año se diagnostica cáncer a aproximadamente 400 mil menores de 0 a 19 años en el mundo. La Organización Panamericana de la Salud (OPS) advierte que “el cáncer es una de las principales causas de mortalidad entre niños y adolescentes en todo el mundo”.
En muchos países el cáncer es ya la segunda causa principal de muerte en menores de 15 años, sólo superada por los accidentes. Si bien las tasas de supervivencia han mejorado de forma notable en general, estas cifras recuerdan la magnitud del problema.
Un aspecto a menudo subestimado del cáncer infantil son las secuelas que sufren quienes logran vencer la enfermedad. “Muchos sobrevivientes viven el resto de sus vidas con huellas físicas y sicológicas del duro tratamiento recibido”, advierte Martínez. Problemas cardiacos o pulmonares derivados de la quimioterapia, dificultades cognitivas tras radiaciones cerebrales, infertilidad, trastornos hormonales y segundas neoplasias son algunas de las complicaciones tardías que puede enfrentar un sobreviviente de cáncer pediátrico.
Un estudio del St. Jude Children’s Research Hospital evidenció que, comparados con la población general, quienes tuvieron cáncer de niños cargan 15 veces más riesgo de morir por un segundo tumor y siete veces más riesgo de fallecer por causas cardiacas asociadas al tratamiento oncológico previo.

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