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*Sandra Borda Guzmán. Profesora del Departamento de Ciencia Política y Estudios Globales de la Universidad de Los Andes, Bogotá, Colombia
El reciente despliegue de fuerza del gobierno estadounidense en el Caribe y como respuesta a la identificación de los grupos narcotraficantes como grupos terroristas, y del régimen venezolano como miembro de este tipo de organizaciones, deja claro que para Washington esta guerra adoptará dimensiones muy distintas a las que hemos conocido en el pasado y, adicionalmente, tendrá una contracara en intentos de cambio de régimen. Una cosa y la otra no entran en tensión y no son excluyentes en la política exterior Trump.
Además, el despliegue es también una muestra de fuerza útil en sí misma. Todo el performance alrededor del ataque a la lancha rápida presuntamente usada por un grupo de narcotraficantes para transportar drogas, revela que Washington quiere, a través del ejemplo, ilustrar sobre cómo concibe la verdadera lucha contra las drogas: fuerte, decidida, sin contemplaciones. Las Fuerzas Militares antes participaban a través de inteligencia e indirectamente y hoy están en pleno frente de batalla.
El debido proceso y la judicialización de las personas involucradas en este negocio ilegal son “detalles” en los que el gobierno Trump no planea desgastarse y no considera que nadie debería hacerlo. Todo esto es marginal gracias a que se regresó al marco del combate contra el terrorismo y no contra meras organizaciones criminales. Paradójicamente, en el pasado, la ayuda antinarcóticos estadounidense a Colombia siempre estuvo sujeta al cumplimiento irrestricto por parte de las fuerzas militares y la policía con normas internacionales de derechos humanos.
Los beneficios políticos internos en Estados Unidos son claros: la pequeña parte del electorado y la clase política interesados en este tema, celebran que después de la decepción que produjo que se le otorgara la licencia de explotación de petróleo en Venezuela a Chevron, por fin el gobierno decidió actuar con fuerza y contundencia frente a Maduro. Se acabó el momento de las tibiezas y las concesiones y finalmente Trump está mostrando su fortaleza frente al régimen venezolano.
También se acabó el momento de las sanciones, las presiones y la persuasión. Estas estrategias, implementadas por el gobierno Biden demostraron su ineficacia y si bien hoy hay zanahoria y garrote, el peso grande de la estrategia está en el garrote. Hay 50 millones de dólares para incentivar el resquebrajamiento de la cúpula militar, pero la amenaza del uso de la fuerza nunca había sido tan evidente y protuberante.
Finalmente, no solo se está alejando Washington de cualquier revisión de la versión vieja, criminalizada, militarizada y securitizada de la guerra contra las drogas, sino que además, esta promoviendo una versión más unilateral, más intervencionista y menos respetuosa de las normas internacionales (desde la norma relacionada con la soberanía hasta las de los derechos humanos). Esto, en un escenario en el que la reacción concertada por parte de América Latina es una quimera, solo resultara en un retroceso considerable de las relaciones continentales y en un alejamiento de una reflexión conjunta y rigurosa sobre la forma más eficaz de luchar contra el narcotráfico.
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