El 2 de marzo el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, declaró en Twitter que “las guerras comerciales son buenas y fáciles de ganar” y para ello impondrá aranceles.

El magnate ha utilizado las leyes comerciales de su país para, según él, reducir su déficit comercial con socios comerciales clave como China, Canadá, Corea del Sur, Japón, México o la Unión Europea y para devolver empleos a su país en la manufactura. Con la aplicación de salvaguardias a lavadoras y paneles solares bajo la Sección 201 y con la imposición de aranceles de 25% a sus importaciones de acero y de 10% a las de aluminio, bajo la Sección 232 apelando a cuestiones de seguridad nacional, Trump dice defender a su industria y también a su país.

Trump ha ido más allá del comercio en bienes y ha establecido una confrontación directa con China en temas más amplios de inversión y servicios, puesto que la investigación realizada por el Departamento de Comercio al amparo de la Sección 301 encontró graves violaciones a derechos de propiedad intelectual de empresas estadounidenses. Para frenar estas prácticas, Trump ha amenazado abiertamente a China con la aplicación de aranceles a importaciones hasta por 150 mil millones de dólares y posibles restricciones a empresas china en EU.

Aunque aún están por verse los efectos de la escalada comercial que de manera estridente ha lanzado el mandatario, resulta muy preocupante la aparente ligereza con la que ha decidido elevar aranceles a sus importaciones no sólo para EU, sino también para el mundo. ¿Por qué?

Primero, en el corto plazo, esta escalada arancelaria podría tener efectos negativos para su propia economía. Aunque EU podría ganar algunos empleos en los sectores de aluminio y acero es previsible que podría perder muchos más en otras industrias —autos, alimentos procesados, aeroespacial, electrodomésticos, electrónicos, maquinaria y equipo, etc—, que los utilizan como insumos. Posiblemente esos aranceles podrían distorsionar los mercados de manera innecesaria, lo que también podría tener consecuencias negativas para el ritmo de crecimiento de la economía estadounidense. Y ya sabemos que cuando a nuestro vecino al norte le da gripa a la economía mexicana le da pulmonía así es que está en nuestro interés el que la economía de EU se mantenga boyante.

Segundo, la beligerancia del presidente Trump ha dejado cada vez más aislado a EU para atender los temas más sensibles y sustantivos en su relación con China. Aunque las prácticas comerciales chinas han llevado a pérdidas de empresas y empleos en muchas partes del mundo, el estilo unilateral y nacionalista de la administración Trump ha ais- lado a su país y ha hecho difícil crear alianzas entre socios y aliados que pueden estar padeciendo de lo mismo. Disciplinar a China en algunos aspectos del comercio y la inversión ha sido un reto mayúsculo; sin embargo, la nueva visión y orientación de la política comercial de la administración Trump y la imposición unilateral de aranceles denotan un enfoque deficitario en estrategia.

Tercero, de tiempo atrás Trump ha desdeñado las reglas y procedimientos multilaterales de la Organización Mundial del Comercio (OMC) y ha amenazado con retirarse del organismo pues la considera “injusta” por ofrecer “ventajas” a China. Si a esta desconfianza se añade la decisión de países como China, Corea del Sur, la Unión Europea, y otros, de pedir consultas a EU para buscar aplicar compensaciones, Trump podría sentirse cuestionado y eventualmente llegar al extremo de retirarse de la organización, lo que sería un duro golpe al sistema multilateral de comercio.

Cuarto, la raíz del conflicto comercial de EU con China no está en el comercio de bienes, sino en la carrera tecnológica y en la competencia por dominar el ciberespacio. Mediante la posible aplicación de aranceles a 150 mmd de importaciones chinas, Trump busca poner un freno a la fuga de tecnología de punta, secretos comerciales e innovación propiedad de empresas estadounidenses y así detener el Plan Made in China 2025 que busca dejar de ser la fábrica de bienes del mundo para convertirse en el líder tecnológico global. Resulta enigmático cómo con la aplicación de aranceles EU podría descarrilar dicho plan. China, por su parte, ha contraatacado con firmeza y mesura indicando que “no quiere una guerra comercial pero que tampoco le teme a una”. De hecho, en el Foro de Boao para Asia, el presidente Xi Jinping reiteró su intención de reducir barreras a la participación extranjera en servicios financieros o fabricación de autos, lo que fue presentado como una iniciativa de la visión liberalizadora de China que tampoco afectaría sus aspiraciones tecnológicas.

Si bien esta guerra comercial aún está en ciernes, resultaría paradójico que con la imposición unilateral de aranceles aunado a su retirada del TPP, EU efectivamente termine cediéndole a China el espacio para erigirse en líder de la liberalización comercial, la integración regional y el multilateralismo. Paradójicamente, con esta guerra Trump podría catapultar a China al liderazgo al que este país aspira.

Directora, LMMConsulting
Profesora afiliada en la División de Estudios Internacionales del CIDE

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