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La organización defensora de los derechos humanos Human Rights Watch (HRW) y la Unión Americana de Libertades Civiles (ACLU), publicaron ayer un informe sobre el centro de detención de migrantes Camp East Montana, el más grande de Estados Unidos, que denuncia golpizas, abusos generalizados y advierte de detenciones que cumplen los criterios de desapariciones forzadas.
Uno de los casos más graves que reporta el informe Sólo saldrás de aquí deportado o muerto, es el del cubano Geraldo Lunas Campos, de 55 años, quien murió el 4 de enero. Migrantes entrevistados por HRW señalaron que el hombre fue golpeado y asfixiado hasta la muerte por los guardias. “Geraldo pedía su medicamento antes de entrar a su celda. Escuché cómo los guardias comenzaron a gritarle a Geraldo por negarse a entrar a su celda. Luego escuché que se desataba un forcejeo. Sonaba como si el cuerpo de una persona fuera golpeado contra el piso o la pared. Escuché a otros detenidos gritar pidiendo ayuda, y escuché a Geraldo gritar: ‘¡Me estás asfixiando!’ y ‘¡No puedo respirar, que Dios me bendiga!’. Esas fueron las últimas palabras de Geraldo: ‘¡No puedo respirar, que Dios me bendiga!’”, contó a la organización Aarón R.
Otros testimonios revelan que las autoridades emplearon una combinación de fuerza física amenazas para inducir a las personas detenidas a cruzar a México como parte de expulsiones clandestinas y coercitivas a terceros países. Entre agosto de 2025 y principios de marzo de 2026, el DHS llevó a cabo casi mil 350 traslados a terceros países con destino a México desde Camp East Montana, operado por el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE).
Algunos entrevistados contaron que los oficiales golpeaban a quienes se negaban a aceptar su expulsión a México. Es el caso de Isaac, un cubano de 43 años cuyo testimonio se incluye en el informe. “Los guardias me golpearon en la cabeza. Me la estrellaron contra la pared aproximadamente 10 veces. Me apretaron y retorcieron los tobillos. También me agarraron y me aplastaron los testículos entre sus dedos, lo cual fue muy doloroso y humillante. Sentí como si me estuvieran agrediendo sexualmente”, contó. Explicó que junto con otras 20 personas, lo llevaron en autobús a un punto que, le dijeron, ya era territorio mexicano.
Los amenazaron con que, si no se quedaban ahí, los enviarían a una celda en El Salvador o a África. “Después de que me negué ir a México, me llevaron de regreso al autobús. Sólo dos personas regresaron al autobús conmigo. El resto se fue a México”. Una de las quejas generalizadas de los migrantes entrevistados fue que los mantuvieron incomunicados. Muchos fueron trasladados de un centro a otro antes de terminar en Camp East Montana, ubicado en la base militar Fort Bliss, en El Paso, Texas. En ese lapso, no pudieron hablar con sus familias, ni abogados.
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“Me trasladaron de un estado a otro (…) sin siquiera decirme a dónde me llevaban (...) Mi esposa no tenía idea de dónde estaba, y yo no tenía forma de comunicarme con ella. Me secuestraron”, dijo Rafael H., quien aseguró contar con un permiso de trabajo válido y una solicitud pendiente de residencia.
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“En algunos de los casos documentados por HRW, estas prácticas constituían una desaparición forzada según el derecho internacional de los derechos humanos”, señala el reporte. De 71 personas entrevistadas en el centro de detención, 64 dijeron haber sido agredidos físicamente por el personal o haber visto a otros sufrir abusos físicos.
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El título del reporte viene del testimonio de Javier C., quien narró que cuando llegó al centro de detención, los guardias le dijeron: “Cuando llegas a El Paso, no hay retorno. Sólo saldrás deportado o muerto”.
Los migrantes también se quejaron de la falta de atención médica, de ser obligados a vivir en condiciones inmundas, de recibir comida en pésimo estado.
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El oaxaqueño Sebastián R., de 26 años, detenido en Nueva York, dijo que su sueño era viajar en avión. Pero sólo lo hizo para ser trasladado a Fort Bliss. “Estaba esposado, de manos y pies, con cadenas alrededor de la cintura. Las esposas estaban tan apretadas que me dejaron marcas en el cuerpo. No podía moverme y sentía que no podía respirar. Me sentí como si me estuvieran secuestrando; fue mi primera vez en avión”.
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