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San José.— La palabra clandestinidad resurgió con fuerza en los últimos 19 meses en Nicaragua por la represión oficialista sobre la oposición. Con otras seis mujeres familiares y allegadas a presos políticos, la nicaragüense María Gómez Suazo, de 30 años, desempleada y oriunda de la sureña ciudad de Masaya, huyó la semana anterior a la clandestinidad ante el asedio desplegado por el presidente de ese país, Daniel Ortega, y su esposa, la vicepresidenta Rosario Murillo.
La represión oficialista en contra de las mujeres “es horrible”, dijo Gómez en una entrevista con EL UNIVERSAL por teléfono desde algún lugar de Nicaragua, al recordar ayer el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.
Madres y amigas de presos políticos se refugiaron el 14 de este mes en la iglesia de San Miguel Arcángel, en Masaya, y se declararon en huelga de hambre para exigir la liberación de sus parientes y amistades.
La parroquia las acogió como acto humanitario, pero el gobierno la cercó, le cortó los servicios de agua y electricidad y movilizó a grupos evangélicos que agredieron a miembros del clero y hostigaron a las mujeres en ese y otros templos.
Nicaragua sufre una aguda crisis que estalló el 18 de abril de 2018 en rechazo a una reforma del gobierno a la seguridad social y que Ortega derogó. No obstante, el movimiento creció en una masiva alianza opositora para exigir democracia y libertad y, sin éxito, demandar la renuncia de Ortega y Murillo —acusados de dictadura dinástica— y el adelanto de los comicios presidenciales. El oficialismo catalogó al movimiento de terrorista, derechista y manipulado por Estados Unidos en un intento de golpe de Estado. La violencia dejó 325 muertos, pero Ortega replicó que son menos de 200 y negó haber violado los derechos humanos.
En este contexto, el periodista nicaragüense Carlos Fernando Chamorro, hijo de la expresidenta de Nicaragua Violeta Barrios y del asesinado periodista de ese país Pedro Joaquín Chamorro retornó ayer a Managua tras estar en el exilio en Costa Rica desde el 20 de enero de este año.
¿Por qué se unió a las mujeres?
—Mi mejor amigo Ulises Josué Rivas está preso y estuvo conmigo en el exilio en Costa Rica. Él regresó por la muerte de su papá. Me regresé a respaldar a Ulises, porque sus familiares no han podido apoyarlo con denuncias, ya que también tienen orden de captura.
¿Cuál es la situación de los opositores en Nicaragua?
—Aquí no hay nada normal. No se puede protestar. Por eso decidimos hacer la huelga de hambre. Pero hubo una represión horrible, con más de 100 policías y paramilitares por órdenes de Murillo y de Ortega.
No dejaron que las madres hicieran la huelga de hambre, como se tenía planeado para que la iglesia siguiera abierta, con un espacio para las madres en su huelga. Pero nos encerraron. Eso fue un secuestro a cada una de nosotras, a la Iglesia católica y al párroco Edwin Román.
¿Con quiénes pasó usted a la clandestinidad?
—Somos siete mujeres que salimos [de la iglesia]. No podemos regresar a nuestras casas, por nuestra seguridad y la de nuestras familias, que son asediadas por policías y paramilitares. La dictadura está demostrando que les tiene miedo a estas mujeres penconas [valientes], que hemos decidido no callar y exigir la liberación de los presos políticos y la libertad de Nicaragua, la libre de expresión y poder hacer una huelga. En Nicaragua no se puede hacer nada. La dictadura no lo permite.
¿Hay represión política contra las mujeres?
—Hay una feroz violencia política de Ortega contra las mujeres. La violencia de la dictadura con la policía “orteguista” hacia nosotras es horrible. No pueden las madres ni nadie salir con su bandera [de Nicaragua] porque hay una represión horrible. A cualquiera la apresan y la condenan por terrorismo o delitos comunes, porque es una manera de acallar al pueblo. Lo que hacemos es seguir protestando. No nos van a callar.
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