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La guerra en Siria, donde fuerzas rebeldes se enfrentan al régimen de Bashar al-Assad y donde bandos opuestos apoyan a las fuerzas del gobierno o a la oposición, mientras el grupo terrorista Estado Islámico (EI) iba ganando terreno, dejó atrapados a miles de niños.
Como Sirine, una joven de 16 años que hoy vive cerca de Dohuk, en Irak. “Soy de Damasco. La escuela donde iba estaba muy lejos y la vida era muy difícil”, cuenta en un video de la organización Save The Children, que la encontró en noviembre de 2018 y hoy la apoya con su educación escolar. “Somos una familia grande y mi papá es el único sostén”, señala. La situación económica de su familia —tiene cinco hermanos, incluyendo un bebé de seis meses— fue empeorando, igual que la violencia y los ataques. “Había explosiones cerca de nosotros. Muchas explosiones”, dice.
Luego vinieron los secuestros. “Había niños que iban a la escuela, pero ya no regresaban a casa”, recuerda Sirine. “Las maestras nos decían que no fuéramos a la escuela”. Sus padres le dijeron que si seguía yendo a la escuela, algo podría pasarle.
Una explosión, cerca del colegio al que asistía Sirine, convenció a la familia de que era momento de irse. Una semana después, emprendieron el camino. “Recuerdo que caminamos y fue muy difícil. Viajamos a pie... había muchas personas huyendo... Teníamos que cargar muchas cosas”, explica Sirine. Un familiar, que había partido antes hacia Irak, los ayudó. Cuando llegaron al campamento de refugiados, el panorama era desolador. “Era muy difícil, éramos cuatro familias con hijos viviendo en una tienda de campaña. No teníamos muchas esperanzas, no sabíamos qué pasaría con nosotros. No fue bonito”, confiesa. Y extrañaba a sus amigos.
Sirine perdió un año de escuela y llegó a pensar en abandonarla por completo. Con un poco de ayuda, pudieron hacerse de su propio espacio. Y hoy, Save the Children proporciona a Sirine y otros niños como ella mochilas y útiles, maestros y centros. “Han hecho mucho por nosotros. Es la primera organización que viene a nuestra casa y nos ayuda.
“Estamos agradecidos”, asegura Sirine. “Pero nuestra situación no es bonita”, admite.
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