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Washington.— Donald Trump está convencido de que lo que le hará ganar las elecciones de noviembre es insistir en el mantra de “ley y orden”, y está dispuesto a conseguirlo, aunque eso significa hacer oídos sordos a las demandas de justicia racial y contra la violencia policial que tensionan las calles del país.
Trump quería una foto entre las ruinas de Kenosha, Wisconsin, uno de los epicentros de las protestas en Estados Unidos por el caso de Jacob Blake —un afroestadounidense baleado por la espalda por un policía—, e ignorando las súplicas de autoridades locales y estatales viajó a la ciudad para examinar los daños y reunirse con las fuerzas de seguridad para agradecerles el trabajo de mantener las calles sin alboroto.
A primera hora de la mañana, una avioneta sobrevolaba el cielo de Kenosha con un mensaje claro: “Rechacen la violencia de Trump. Voten en noviembre”. En la calle se agolpaban seguidores del mandatario que querían ver pasar la comitiva presidencial y activistas del movimiento Black Lives Matter. Trump, con su visita a Wisconsin, un estado que será clave en noviembre, buscaba precisamente eso: mostrar abiertamente la brecha en el país.
Tras pasearse por edificios en ruinas y agradecer a los oficiales su trabajo, Trump aseguró que el cambio que la gente quiere es “que la policía sea policía”, insinuando que hay una supuesta mayoría silenciosa (así es como algunas veces se refiere a sus seguidores) que no sale a las calles, pero que reclama “ley y orden”, seguridad en las calles. Ni una palabra sobre racismo o brutalidad policial.
De hecho, Trump se negó a responder si cree que el racismo sistémico es un problema en Estados Unidos. “Insisten en volver al tema opuesto. Deberíamos estar hablando del tipo de violencia que hemos visto en Portland, aquí [en Kenosha] y otros lugares”, se limitó a decir, enfrascado en que la izquierda “presiona el mensaje destructivo de que nuestra nación y nuestras fuerzas del orden son opresoras y racistas”, un golpe directo a su rival electoral, el demócrata Joe Biden, a quien acusa —sin pruebas— de dejarse manipular por una supuesta extrema izquierda violenta que causa el caos.
La defensa de Trump al estamento policial ha llegado a niveles extraordinarios. Para justificar su brutalidad, empuja la idea de que viven bajo una gran presión y que, a veces, sólo tienen “un cuarto de segundo entre la vida y la muerte... La gente tiene que entenderlo”, resumió.
Es una teoría que desarrolla desde la noche del lunes, cuando en una entrevista al canal afín Fox News comparó a los policías con jugadores de golf que fallan golpes fáciles. “A veces se atascan”, declaró, al obligar a la periodista a intentar salvarlo del embrollo, pidiéndole que aclarara la comparación.
Los halagos a la policía fueron una constante y las menciones a Blake inexistentes. La familia de la víctima tampoco quería a Trump muy cerca. En paralelo a la visita presidencial, habían organizado un almuerzo para los vecinos del lugar de los hechos, para poner más en contraste la falta de tacto de Trump hacia la comunidad afroamericana.
“No tenemos nada que decir al señor naranja”, dijo Justin Blake, tío de la víctima, burlándose del mandatario y su aspecto. “Le pido que mantenga su falta de respeto y lenguaje obsceno lejos de mi familia. Necesitamos un líder que una nuestro país, que lo lleve en una dirección diferente”, añadió.
Trump está en modo de apuesta al todo o nada al miedo en las calles, a la inseguridad creada por supuestos “terroristas domésticos” de la izquierda radical y la oda a las fuerzas de seguridad. Tanto, que no le importa difundir teorías de la conspiración, como la de un supuesto avión lleno de “anarquistas y saqueadores” vestidos de negro y equipo para vandalizar las calles del país. Una historia que, en menos de 12 horas, había cambiado de versión un par de veces.
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