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Washington
Siempre que se piense en la política en temas migratorios del gobierno del presidente Donald Trump debería aparecer su nombre. Stephen Miller (Santa Mónica, California, 1985), alto y de calvicie impropia para su edad, es quizá el elemento más radical en las medidas antiinmigrantes de la administración estadounidense.
Criado bajo el ala del exfiscal general Jeff Sessions y apadrinado por el exasesor e ideólogo Stephen Bannon, Miller ha sobrevivido a todas las purgas y limpiezas que han sacudido a la administración Trump y ha quedado como el principal activo de la ultraderecha nacionalista dentro del círculo cercano del mandatario.
Es posible que él sea el responsable de alguno de los despidos: los últimos, los de la cúpula del Departamento de Seguridad Interior, descabezando la agencia encargada de liderar la implementación de las políticas migratorias.
“Es un tipo excelente, brillante y una bellísima persona”, dijo Trump de Miller. Los elogios podrían ser prueba de que tiene ganado el favor del presidente. Otra prueba: que las políticas en las que está insistiendo y apoyando Trump encajan perfectamente en el ideario de Miller.
El joven ultraderechista ve la inmigración, tanto legal como ilegal, como serias amenazas a la seguridad nacional y a la clase media estadounidense; Trump, en su opinión, es una voz única en su generación para hacer los cambios necesarios para que eso se frene.
“El mundo entero verá pronto que los poderes del presidente no serán cuestionados”, dijo hace unos meses en referencia a los deseos de limitar y luchar contra la migración, y tras uno de los múltiples reveses en las cortes. Lo primero por lo que se recuerda a Miller es por su primera polémica medida: el veto migratorio a ciudadanos de países de mayoría musulmana. Desde entonces, y tras varios batacazos en la justicia, su importancia ha seguido imparable: sus hechos delatan una visión del mundo ultranacionalista, ahora convertido en uno de los principales impulsores de la necesidad de expulsión inmediata de inmigrantes.
Los activistas le llaman “fascista”. “Es un nacionalista blanco”, aseveró hace poco la congresista demócrata Ilhan Omar, una de las figuras emergentes del progresismo en EU.
Criado en una familia de carácter progresista, se radicalizó con el paso de los años. Según el South Poverty Law Center, encargado de monitorear grupos de odio en EU, Miller se radicalizó en la universidad de Duke (Carolina del Norte), donde conoció a Richard Spencer, líder del movimiento supremacista blanco y del radical alt-right de la ultraderecha estadounidense. Miller siempre ha negado esa conexión; en paralelo, estaba trabajando con el Center for Immigration Studies (CIS), think tank conservador que presiona para limitar la inmigración legal.
Los medios de EU llevan días reportando que Miller está otra vez liderando la nueva ofensiva antiinmigrante. La figura de Miller genera mucha controversia. Incluso en los legisladores más cercanos al presidente Trump: el senador republicano Lindsey Graham, por ejemplo, comentó hace un año que “mientras Stephen Miller esté al mando de negociar temas de inmigración no iremos a ninguna parte”.
Miller aprendió que para sobrevivir tiene que quedarse en un segundo plano y no tratar de ser otro Ícaro que se queme al querer tocar el sol. El presidente Trump, en ese sentido, lo protegió, quizá de forma involuntaria, la pasada semana al asegurar que él, y sólo él, era el encargado de dirigir la política migratoria. Por si quedaba alguna duda, el republicano señaló su cabeza.
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