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Es el “Papa sonriente”. Es el que, con poco más de 24 horas de viaje por Colombia, ya atrapó a los colombianos con su sobria sonrisa.
Es el que, temprano por la mañana, salió a pie por una acera en el portón principal de la Nunciatura Apostólica, en un barrio bogotano, y, pese a estar rodeado por un anillo de seguridad, rompió el protocolo y llamó a una niña para que se le acercara, la recibió con sencillez y, sin despojarse de su sonrisa, la abrazó y besó. Es el que luego acogió, sonriente, a una madre que, allí mismo, se le acercó con un hijo en brazos.
Es el que después se sentó en la parte trasera derecha de un automóvil y abrió la ventana para sacar su brazo derecho y, sonriente, saludar a miles de personas que le vitorearon en ruta al Palacio de Nariño, sede de la Presidencia de Colombia.
Es el que a media mañana llegó a Nariño y caminó con el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, y su esposa, María Clemencia Rodríguez, por una alfombra roja y nunca dudó en sonreír y abrazar a niños y niñas que se le arrimaron, sin protocolo, o a otros que con sus brazos apenas pudieron tomarle por la cintura… y él les sonrió.
Es el que al final de la mañana entró sonriente a la Catedral Primada de Bogotá para orar ante el lienzo de la Virgen de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, patrona de Colombia, y se desprendió a saludar a ancianos y enfermos, tocarles la cabeza, bendecirles y regalarles una sonrisa.
Es el que al mediodía bromeó con más de 22 mil jóvenes desde un balcón en la Plaza de Bolívar, mezcla de historia colombiana de poder político y religioso, y, sonriente, hablarles de la facilidad juvenil de juntarse para disfrutar un partido clásico del futbol colombiano —Atlético de Medellín y América de Cali— o escuchar música y beberse un café, pero exhortarles a que “no tengan miedo”, perdonen y sean siempre alegres, para después bendecirlos sin dejar de sonreír.
Es el que al inicio de la tarde dialogó con obispos y cardenales de América Latina y con la jerarquía católica colombiana y, al exigirles que jamás se dejen corromper, compartió un abrazo y una sonrisa.
Es el que al final de la tarde, en una misa campal ante más de un millón 300 mil personas en el Parque Simón Bolívar, de esta ciudad, les pidió derrotar las “tinieblas” del egoísmo, de la venganza y del odio.
Es el que anoche, agotado tras una incesante jornada y ya de regreso a la Nunciatura, frente al mismo portón, agitó su mano derecha para saludar a jóvenes con discapacidad intelectual que le esperaron en la acera para bailarle y cantarle y él los escuchó, observó, aplaudió y, al bendecirlos e invitarles a orar juntos un Ave María, les sonrió.
Es el que, minuto a minuto, atrapó a los colombianos con una sonrisa sin evitar recordarles el mortal pasado de 52 años de guerra en Colombia pero sin dejar de retarlos a edificar en el presente un futuro de paz y de reconciliación.
Es el papa Francisco.
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