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Vladimir Putin es uno de los mandatarios más relevantes en el orden mundial. Esto no es cosa menor, si consideramos que en 1999 recibió un país fracturado, con una economía deficiente y el costo geopolítico de haber perdido la Guerra Fría.
No podemos entender su presidencia sin saber de la trayectoria que lo llevó al Kremlin. Putin es mucho más que “el hombre fuerte” que monta a caballo sin camisa, es cinta negra en judo, fue persona del año por la revista Time en 2007 y que es fan de los Beatles.
Siempre ha guardado con secrecía su vida privada; se sabe que estuvo casado hasta 2013, que tiene dos hijas que rara vez utilizan su nombre real o aparecen en las fotos y que es un devoto del cristianismo ortodoxo.
Nacido en la Guerra Fría, en 1952, no tuvo una infancia destacable hasta que encontró que sus habilidades deportivas compensaban las calificaciones promedio. El primer giro llegó a sus 23 años, cuando se unió a lo que fue el órgano de espionaje más importante de una época: la KGB.
El organismo le encomendó la tarea de reclutar a nuevos espías entre sus estudiantes en la Universidad de San Petesburgo, donde se reconectó con Anatoly Sobchak, punto crucial en su carrera política, puesto que con él ingresó al sector público.
Su carrera escaló rápidamente de administrador en jefe para el Kremlin a “primer ministro con futuro” y en 1999 se convirtió en presidente interino, para ser elegido un año después.
El secreto para su reelección fue mejorar la economía. En su gestión conoció muy bien las piezas de ajedrez, intercalando figuras como Dmitri Medvédev, a quien le otorgó el cargo de premier.
Paciencia, un extraordinario plan de propaganda para transmitir fortaleza y un aparato de espionaje del cual se conoce poco, pero se escucha mucho, son algunos de los atributos que hacen que el mundo no le pueda quitar los ojos o dejar de preguntarse: “¿Cuál será el siguiente objetivo de Putin?”.
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