“La autonomía estratégica no consiste en encerrarse en uno mismo, sino en garantizar que tenemos la capacidad de actuar cuando el mundo se vuelve en nuestra contra” dijo Mark Carney, primer ministro canadiense, en Davos al describir el momento que atraviesa la economía internacional. En un discurso que fue recibido con una ovación de pie, Carney presentó un diagnóstico del momento que vive el mundo actualmente pero, sobre todo, hizo una advertencia: el orden económico y de seguridad que sostuvo a Occidente durante décadas dejó de ser predecible.
Estados Unidos ha cambiado la ecuación. Donald Trump ha reescrito las reglas de la interacción con aliados y rivales por igual, reintroduciendo aranceles como instrumento de presión para prácticamente cualquier tema: migración, comercio y seguridad. Desde su regreso a la Casa Blanca su estrategia ha sido trasladar la coerción política a la política exterior y así, la interdependencia comercial con Estados Unidos dejó de ser una ventaja estratégica para convertirse en un pesado lastre.
Y si bien las agresiones de Trump disminuyeron ligeramente desde la salida de Justin Trudeau, éstas persisten. Figuras como Scott Bessent, secretario del Tesoro de Estados Unidos, o el senador Lindsey Grahamm, han mantenido una narrativa derogatoria y acusatoria contra Canadá manteniendo la tensión viva.
Canadá captó temprano este cambio y entendió que no era coyuntural, que el haber sido el socio estratégico y tradicional más leal a Estados Unidos de poco o nada serviría para evitar nuevas amenazas arancelarias o humillaciones geopolíticas. Y comenzó a actuar en consecuencia.
Desde Ottawa se inició una agresiva estrategia de diversificación comercial que llevó al país a acelerar negociaciones comerciales y negociar alrededor de 16 acuerdos comerciales en apenas seis meses, incluyendo un pacto con China, un frente delicado que ha desatado críticas dentro y fuera del país de la hoja de maple y que reduce aranceles en canola canadiense a cambio de acceso a vehículos eléctricos chinos.
Si bien en un inicio Trump pareció dar su visto bueno a Canadá, luego del discurso de Carney en Davos, esto desató una nueva ola de amenazas con 100% de aranceles si Ottawa profundiza lazos con el gigante asíatico. Esta dinámica ha obligado a países dependientes, economías medianas, a recalcular sus alianzas, priorizando la resiliencia sobre integración absoluta.
Sin embargo, esto suena más sencillo de lo que realmente es. La vulnerabilidad canadiense es un asunto delicado. En 2024, alrededor del 75% de las exportaciones de mercancías de Canadá tuvieron como destino Estados Unidos, representando casi una cuarta parte de su PIB. Esta dependencia ha sido históricamente estructural, sobre todo en energía, automotriz y bienes intermedios, convirtiendo las amenazas arancelarias provenientes de Washington en riesgos sistémicos.
Para 2025 esa cifra se habría reducido al 70% y en los últimos meses de 2025 y primeros de 2026 esta cifra habría llegado a alrededor del 68%, el nivel más bajo desde antes de la pandemia. Gradualmente, la diversificación ha seguido avanzando, incrementando las exportaciones canadienses hacia otros mercados, especialmente en Asia y la Unión Europea.
El discurso de Carney en Davos puso los puntos sobre las íes en esta estrategia. Carney dejó claro que el nuevo orden internacional ya no gira en torno a una sola potencia garante y que las economías intermedias necesitan construir autonomía estratégica, resiliencia propia y marcar distancia selectiva. Canadá daba así un paso a un lado a los objetivos de la Casa Blanca: un orden donde la integración sirve al dominio estadounidense.
Luego de Davos, el gobierno canadiense intensificó, si cabe, su estrategia diversificadora, impulsando la idea de nuevos bloques comerciales alternativos como CANZUK (Canadá, Australia, Nueva Zelanda y Reino Unido) que, según las encuestas, tiene el apoyo del 76% de los canadienses. Al mismo tiempo, Ottawa ha decidido dar un nuevo impulso al CPTPP como plataforma de expansión hacia el Indo-Pacífico creando un Puente con la Unión Europea que podría integrar un mercado de 1.5 mil millones de personas, reforzando estándares regulatorios y cadenas de suministro menos concentradas. Estas iniciativas contrarrestan la coerción estadounidense sin, al menos de entrada, romper el vínculo bilateral.
Pero este reordenamiento, forzado desde Washington, no se limita a lo comercial. Las tensiones con la OTAN, las insinuaciones sobre Groenlandia y las fallas en la comunicación errática en torno a NORAD también han puesto el flanco de las Fuerzas Armadas como una prioridad. La autonomía estratégica también es militar. Y en ese contexto, Canadá ha también diversificado sus alianzas, especialmente con aliados con los que comparte valores estratégicos como la Unión Europea. En ese contexto se inscribe el anuncio reciente de la incorporación canadiense a SAFE convirtiéndose en el primer país no europeo en integrarse a esa arquitectura de defensa. Esto significa rearmar a las fuerzas armadas canadienses con contratos transatlánticos y escalar industrias locales en alianza con los europeos complementando el aumento del gasto militar al 2% del PIB. La señal es inequívoca, fortalecer alianzas paralelas incrementa la capacidad de disuasión.
¿Y México?
¿Y qué pasa con México? En contraste con Canadá, nuestro país no está dando pasos rumbo a una estrategia seria de diversificación. Pese a ser el país con más acuerdos comerciales firmados en el mundo, alrededor del 80% de nuestras exportaciones en 2025 dependieron del mercado estadounidense. El T-MEC continúa siendo el eje central de nuestra economía a pesar de las presiones arancelarias provenientes de la Casa Blanca.
El trato de Trump hacia Sheinbaum, inicialmente interpretado como respetuoso en medios internacionales, ha sido condescendiente, alternando elogios públicos con declaraciones que cuestionan la capacidad del Estado mexicano para controlar el narcotráfico. Ese vaivén refleja una asimetría persistente y la respuesta desde Palacio Nacional brilla por su ausencia. No se percibe una agenda clara para ampliar mercados, fortalecer cadenas regionales alternativas o construir alianzas tecnológicas fuera del eje estadounidense. Sin estrategia clara de diversificación económica ni visión de largo plazo, el país se hunde en la ingente necesidad de complacer a la Casa Blanca. En el último año, las presiones comerciales, migratorias y de seguridad provenientes de Washington han sido respondidas con concesiones sustantivas: aranceles a productos chinos, contención migratoria y seguridad fronteriza.
La revisión del TMEC está en puerta y para México se abre una ventana crítica, especialmente en sectores clave para la economía del país como el automotriz. La experiencia canadiense ofrece varias lecciones para nuestro país.
1. Diversificar exige decisión política sostenida: aprovechar acuerdos ya firmados y bloques existentes para abrir puertas a Europa y Asia. En ese sentido, es una buena noticia la misión comercial Team Canada en México estos días (15-20 de febrero de 2026), con más de 370 delegados de 240 organizaciones canadienses enfocados en manufactura avanzada, agricultura, agrotecnología, energías limpias y tecnología —una reciprocidad práctica que México debería capitalizar para atraer inversión y reducir concentración.
2. La autonomía estratégica pasa por fortalecer sectores críticos: energía, infraestructura, logística y tecnología, invirtiendo en capacidad doméstica para no depender de proveedores externos dominantes.
3. Depender de un solo socio limita la soberanía efectiva. La diplomacia comercial debe ser proactiva, dejar atrás el aislacionismo reactivo y usar foros globales para fomentar nuevas alianzas, consolidar las existentes y atraer inversión en áreas estratégicas.
“La nostalgia no es una estrategia; el viejo orden no volverá”, declaró Carney en Davos. Esa frase sintetiza el momento. El mundo no regresará a la estabilidad automática de décadas pasadas. México necesita una visión amplia de la reconfiguración en curso y una estrategia que lo coloque como potencia media con capacidad de decisión propia, no como actor subordinado a los vaivenes de una sola capital.
Internacionalista. X: @solange_
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