En el futbol, una vez un austriaco dijo que la manera de saber que había jugado es que al final el estadio estaba más limpio que al principio del juego. No solo no tiran basura, sino que recogen la de los otros. Los sudcoreanos proyectan esa cultura de respeto y pulcritud en otras naciones, pero además proactividad. Este ademán les ha ayudado a recibir menos embates del coloso norteamericano, la y a ganar en negociaciones discretas y exitosas.

Al principio se pensaba que sufrirían los golpes, como los ha padecido la Unión Europea, Canadá y México. No ha sido el caso. Han encontrado la forma de mejorar acuerdos, de manera desapasionada e incluso avanzar mientras otros socios de Estados Unidos retroceden. En Corea del Sur y Japón existe el antiamericanismo, pero nunca se nota a nivel de sus líderes, ni en encuentros públicos con los altos funcionarios norteamericanos o el presidente Trump. A conciencia, estos países orientales saben lavar la ropa sucia en casa.

Los aliados de Occidente han sido menos diestros ante el cambio de paradigma de Washington. Cuando EU los ha expuesto, han recurrido a discursos morales o sobre la democracia, en lugar del pragmatismo de Oriente. Su memoria histórica les dice que EU los salvó en las guerras mundiales y ellos han correspondido. Mientras que, a coreanos y japoneses, el pasado les recuerda que pueden ser sujetos a intervenciones militares e injerencia política, empero bombas nucleares, mas ellos no lo echan en cara.

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El punto de inflexión fue el 70 aniversario de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (2019). La Unión Americana criticó un patrocinio excesivo a la OTAN con “impuestos americanos” y tomó decisiones en Siria que socios clave como Francia consideraron unilaterales. La secrecía diplomática desapareció, el presidente de EU llamó al primer ministro canadiense: “doble cara”, después de que Trudeau “se burlara” de él ante otros mandatarios y fuera expuesto por la prensa. Trump dictó los nuevos términos de la amistad noratlántica, donde los demás deberían asumir mayor carga presupuestal en seguridad. “Si no lo hacen, los vamos a agarrar con el comercio. De una manera u otra, van a pagar, amigos”. Ante el ultimátum, no solo los jefes de Gobierno y de Estado occidentales se descompusieron, también sus burocracias reaccionaron mal.

Un reclamo similar sucedió con Corea del Sur y Japón a inicios de 2019. El presidente “americano” había repetido que deberían pagar más por seguridad y las tropas estacionadas en Asia. En la campaña presidencial (2024), Trump sugirió que Seúl debería saldar 10 mil millones de dólares por los militares ahí, nueve veces lo estipulado por Biden.

Por adelantado, se había anunciado el cese del tratado de libre comercio con los sudcoreanos (2017). La respuesta de los aliados del Pacífico fue asceta. Sin dramas, fueron negociando las demandas de Estados Unidos punto por punto. Se discutieron las restricciones al acero, aluminio, vehículos (pick ups), electrodomésticos, paneles y módulos solares (2018). Otra vuelta en el juego fueron las condicionantes para que las empresas coreanas manufacturaran y ensamblaran más en EU vehículos eléctricos y semiconductores (2022). En el horizonte, observamos que el cambio del estado de las cosas, acuerdos y reglas se dio en administraciones demócratas, no solo en republicanas.

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El gobierno y las compañías coreanas han encontrado como mejor solución hablar de manera amplia, rica y respetuosa con un cabildeo que cubre todo el territorio estadounidense. El gasto gubernamental coreano en lobby estadounidense se calcula en cerca de 17.5 millones de dólares (2024), según Open Secrets. Así, el orgullo sudcoreano no impide defender ante la opinión pública americana sus inversiones, comercio y destinar un presupuesto extenso al poder de atracción (poder suave).

El lobby de las empresas coreanas en EU se ha duplicado en cinco años, de acuerdo con The Korea Times. En 2024, los principales consorcios gastaron 35.3 millones de dólares, 41% más en relación al año anterior, en el contexto de la carrera presidencial. El Grupo Samsung destinó 8.6 millones de dólares al cabildeo. El Grupo SK (telecomunicaciones, energía, semiconductores y química) invirtió 7 millones de dólares. La firma Hanwha 6 millones de dólares y Hyundai 4.7 millones. En otro momento, Korea Zinc Co. (fundidora) pagó 500 mil dólares a Mercury Public Affairs, lobista asociado a Susie Wiles, exjefa de Oficina de la Casa Blanca.

Ya entrado 2025, el asesor presidencial Kim Yong-beom anunció que estadounidenses y sudcoreanos reducirían los aranceles recíprocos de 25% a 15%. Corea del Sur invertiría 350 mil millones de dólares en EU. El nuevo presidente Lee Jae Myung fue más allá. Dejó de lado la narrativa de valores y manejó con realismo político a los actores estadounidenses. En su discurso inaugural (junio de 2025), habló abiertamente de una “perspectiva práctica de interés nacional” y describió la realidad: “cambios rápidos en el orden global, incluyendo proteccionismo y realineamiento de las cadenas de producción, amenazan nuestra supervivencia”.

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El cabildeo coreano sirvió además para proteger a sus migrantes en deportaciones y mejorar su imagen. En 1990 la comunidad coreana se convirtió en una de las de mayor crecimiento entre las asiáticas ubicadas en EU (dato Migration Policy Institute). Pese al bajo perfil que maneja, dos eventos han mostrado discriminación. En 1992, disturbios atacaron negocios coreanos. Del lado gubernamental, el pasado septiembre, más de 300 trabajadores sufrieron una operación migratoria en la fábrica de Hyundai en Georgia.

En este último caso, el manejo de prensa y lobby permitió que el evento apareciera como una violación a los derechos humanos y que afectaba la inversión coreana en Estados Unidos, la economía americana. El resultado fue poco usual, la administración Trump solicitó una pausa para revisar si los empleados coreanos querían quedarse en EU para capacitar a los “americanos” o regresar a casa. La cadena BBC lo reportó como un avance coreano.

Especialista en geopolítica y miembro de COMEXI

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