Por Sergio Ley López
Cuando hacemos el balance de 2025 en la arena internacional, resulta inevitable reconocer el papel creciente de la República Popular China como actor central de la geopolítica mundial. Más allá de las lecturas simplistas que reducen a China a una rivalidad con los Estados Unidos, el año recién concluido ha mostrado un conjunto de dinámicas -económicas, diplomáticas, tecnológicas y culturales- que configuran una China con ambiciones globales bien definidas, y una capacidad real de influencia en múltiples regiones del mundo.
Una de las notas más destacadas de 2025 fue la fortaleza del comercio exterior chino. A pesar de tensiones comerciales con Estados Unidos y la imposición de aranceles, China cerró el año con un superávit comercial récord de alrededor de 1.2 billones (millones de millones) de dólares, impulsado por el crecimiento de las exportaciones hacia África, el Sudeste Asiático, la Unión Europea y América Latina.
Este dato no es sólo una cifra macroeconómica: es una señal de resiliencia y adaptabilidad en un contexto global marcado por la fragmentación de cadenas de suministro y el resurgimiento de políticas proteccionistas. El hecho de que China haya podido diversificar sus mercados y mantener su crecimiento exportador -incluso cuando su economía interna enfrenta desafíos como la desaceleración del consumo- exhibe una fortaleza estructural relevante para el equilibrio económico global.
Además, instituciones y líderes chinos han destacado repetidamente el rol de China como apuntalamiento de la economía mundial, contribuyendo con una fracción significativa del crecimiento global y compartiendo oportunidades con socios en desarrollo.
Junto a esto, el lanzamiento de iniciativas como la Global Governance Initiative (GGI) -que propone principios como la igualdad soberana, el respeto al derecho internacional y un enfoque centrado en las personas- marca un esfuerzo por reformular reglas y mecanismos multilaterales desde una perspectiva más inclusiva.
Este tipo de propuestas, aun cuando no siempre cuentan con métricas precisas o resultados jurídicamente vinculantes, refuerzan la narrativa de China como impulsor de iniciativas para la resolución de desafíos globales, invitando a países del Sur Global y del mundo en desarrollo a concebir su relación con las instituciones internacionales desde un prisma más plural. La presencia china no se limita a Asia: en 2025, se mantuvo e incluso se consolidó la influencia en África y América Latina, tanto en términos económicos como diplomáticos. Países de estas regiones ampliaron proyectos de infraestructura, comercio e inversión con China, lo que contribuyó a reconfigurar relaciones Norte–Sur tradicionales.
2025 fue también el año en que China afianzó su presencia en plataformas que articulan la gobernanza global. El 25º Summit de la Organización de Cooperación de Shanghái (SCO), celebrado en Tianjin, reunió a decenas de estados bajo la presidencia china, consolidando el papel de Pekín como puente entre Asia Central, Rusia y actores regionales clave. En el Indo-Pacífico, Pekín jugó un rol activo en encontrar espacios de cooperación dentro de contextos complejos, donde las relaciones con India y Rusia se entrelazaron con cuestiones de seguridad y desarrollo regional. Estas dinámicas señalan una expansión de la diplomacia china más allá de la periferia de su vecindario inmediato, con un enfoque pragmático que combina intereses económicos, seguridad regional y cooperación política.
En el cuarto trimestre del año, tuvieron lugar tres importantes reuniones globales y regionales: la Cumbre de APEC, que reunió a los Líderes de la región de Asia y el Pacífico en Corea del Sur. En este marco, el evento más esperado fue, sin duda, la reunión bilateral de los presidentes Xi y Trump, donde se abrió un productivo y necesario diálogo político y se instó a las áreas competentes a fijar metas en materia económica y comercial. Sin embargo, el presidente Trump partió inmediatamente después del encuentro sin participar en los eventos sustantivos de esta Cumbre económica regional. Esta acción permitió al presidente Xi Jinping tener campo libre para posicionar a China ante empresarios y líderes de las economías más dinámicas del mundo como el campeón del libre comercio y de la certeza económica y política. La ausencia de los Estados Unidos en la Cumbre del G-20 en Sudáfrica y la COP-30 en Brasil consolidó la presencia china como actor confiable y responsable en la escena internacional.
Más allá de los balances geoeconómicos, 2025 profundizó una tendencia que ha sido notable en años recientes: el crecimiento del “soft power” chino. Según índices internacionales, la marca país de China avanzó varios escalones en los rankings globales de atractivo cultural y diplomático, reflejo de esfuerzos concertados en educación, cultura y diálogo internacional. Este impulso hacia una proyección cultural complementa la estrategia económica y diplomática, proporcionando a China herramientas de poder suave -como intercambio académico, cooperación científica y políticas de movilidad estudiantil- que abonan a una comprensión más rica de su posición global.
Si hay un campo donde el mundo ha observado con atención a China en 2025, es en el de la tecnología y la innovación. Sin excluir tensiones con otros bloques sobre propiedad intelectual o estándares tecnológicos, las capacidades chinas en áreas como inteligencia artificial, telecomunicaciones y manufactura de alta tecnología han consolidado su peso en la geopolítica del conocimiento. Investigaciones académicas independientes señalan que China ahora representa una parte dominante de las publicaciones globales de IA, contribuyendo no sólo a su avance propio sino también a la configuración del conocimiento mundial. El año 2025 ha sido, para China, un ejercicio de consolidación estratégica. Lejos de ser una potencia completamente hegemónica en el sentido tradicional, China ha jugado un papel de actor global pragmático: sostiene el crecimiento económico mundial, propone marcos alternativos de cooperación, fortalece relaciones en múltiples regiones y madura su presencia cultural y tecnológica en la escena internacional.
En un mundo en el que las tensiones entre grandes potencias y los desafíos globales -como el cambio climático, la desigualdad y los desequilibrios comerciales- requieren respuestas colectivas, el ascenso de China no sólo define equilibrios de poder, sino que también reconfigura las posibilidades de la diplomacia y la cooperación global. Esta realidad, con sus desafíos y oportunidades, será uno de los hilos troncales de la geopolítica mundial en el resto de la década.
Embajador de México en China 2001-2007
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