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Washington.— Pete Buttigieg, el primer aspirante presidencial abiertamente homosexual en Estados Unidos, abandonó de forma sorprendente la carrera demócrata a la nominación en vísperas del decisivo Supermartes.
“El camino se ha estrechado hasta cerrarse para nuestra candidatura”, reconoció Buttigieg desde su natal South Bend, la pequeña ciudad del conservador estado de Indiana de la que fue alcalde. Fue una “decisión difícil”, aseguró.
El alcalde Pete, como se le conocía para liberar a los estadounidenses del trabalenguas de su apellido, era un candidato de una generación nueva: millennial; políglota (habla ocho idiomas, entre ellos el español); veterano de Afganistán, estudiante de élite y de retórica brillante y estudiada. “Hemos visto que los estadounidenses están preparados para afrontar los retos con una nueva generación de liderazgo”, dijo a sus seguidores. Éstos le respondieron con gritos de “2024”, animándolo a que se presente a las presidenciales en cuatro años.
El trayecto de Buttigieg fue estratosférico de principio a fin: pasó de ser un alcalde desconocido a una estrella emergente del partido que algunos comentaristas veían con opciones reales de lograr la nominación. “Nuestra idea era ayudar a unificar a los estadounidenses a derrotar a Donald Trump”, explicó. Su mensaje centrista, unos resultados iniciales excelentes y expectativas enormes no fueron suficientes.
“La mejor manera de mantener la fe en mis objetivos e ideales es dar un paso al costado y ayudar a unir a nuestro partido y a nuestro país”, resumió. Sus brillante actuación en los primeros estados con caucus y primarias (victoria en Iowa, empate en New Hampshire) lo catapultó al ojo del huracán mediático.
Sin embargo, fue víctima de la poca representatividad de esos dos estados en el conjunto del país: son regiones predominantemente blancas que no emulan la creciente diversidad racial —especialmente del votante demócrata—, y ahí sus números eran preocupantes.
Su mínimo apoyo entre las minorías raciales (sólo consiguió 3% del voto afroestadounidense en Carolina del Sur, el sábado) y las ínfimas perspectivas de cara al Supermartes de mañana terminaron de enterrar una carrera meteórica.
La decisión fue abrupta: por la mañana aseguraba que seguir en la carrera era “lo mejor que se puede hacer por este país y el partido”. Horas más tarde, tras analizar mejor el panorama que quedó tras la apabullante victoria del exvicepresidente Joe Biden en Carolina del Sur y su resurrección como candidato moderado del establishment vio cómo su puerta se cerraba. Canceló sus actos en Texas y voló a South Bend para hacer el anuncio oficial.
Buttigieg no apoyó directamente a ningún candidato. Según algunos de sus asesores, el exalcalde no quería ayudar de forma indirecta a quitar votos al sector moderado del partido y dar la victoria al senador Bernie Sanders, del ala progresista del partido. Su abandono da nuevas alas a la mayoría de candidatos, especialmente a Biden, quien podría abrazar a los moderados que habían apostado por Buttigieg.
La reducción del número de aspirantes (sólo quedan seis) hace que el resto tenga más opciones de conseguir delegados, apretar la carrera y llevar al partido a una convención donde nadie tenga el apoyo suficiente para ser nominado aspirante sin discusión. Con la salida de Buttigieg, Biden, a sus 77 años, queda como el candidato varón más joven aún en liza.
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