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El anuncio de Estados Unidos de que enviará bombas de racimo a Ucrania activó las alertas. Rusia amenazó con que, en tal caso, usará las suyas, y países que, como Camboya, han visto sus efectos, advierten de los “daños colaterales”.
España, Reino Unido y Canadá son algunos de los Estados que han expresado su desacuerdo con el envío de bombas de racimo a Ucrania. Pero no pasa de la inconformidad. El uso de bombas de racimo no es violatorio del derecho internacional; en cambio, sí lo es utilizarlas contra blancos civiles.
EU no tiene problemas para enviar este tipo de armamento a Ucrania porque no es uno de los 123 países signatarios de la Convención de Municiones de Racimo, como sí son, en cambio, varias naciones europeas.
Apenas se hizo el anuncio desde Washington, el primer ministro de Camboya, Hun Sen, recordó la “dolorosa experiencia” que sufrió su país al enfrentarse a las bombas de racimo en los años 70, durante su Guerra Civil. Miles de personas quedaron mutiladas o perdieron la vida debido a las explosiones. Se han usado también en Siria, en la guerra con los rebeldes.
Aunque estas bombas tienen la ventaja de que permiten destruir más objetivos con menos proyectiles (al ser varias bombas en una), su gran desventaja y la preocupación principal es que por sus características, una de las submuniciones, o bombetas, puede impactar una zona no deseada o caer en el suelo y quedar ahí días, meses o años sin explotar.
Agencias humanitarias han señalado la gran cantidad de niños que han sido heridos por estas bombas.
EU alega que enviará las que tienen menores tasas de submuniciones sin explotar. ¿Cómo va a garantizarlo?
El otro alegato, que ayer defendió con firmeza el secretario general de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), Jens Stoltenberg, es que Ucrania se está quedando sin municiones —lo mismo que señaló el viernes el presidente Joe Biden—, que “la munición de racimo se ha utilizado en ambos bandos de la guerra” y que Ucrania las usaría para “defenderse de la agresión”, mientras que Rusia las ocupa “para invadir otro país”.
Ucrania ha acusado a Rusia de emplear bombas de racimo en el conflicto actual. Moscú rechaza la versión, pero ante el anuncio estadounidense aseguró que no dudará en utilizarlas contra las fuerzas ucranianas. Al problema del “daño colateral” se suman otros dos: ¿con qué criterio se puede criticar a Rusia por usar, en este caso, bombas de racimo, pero no a otros países? ¿Por qué lo que es inválido para unos es válido para otros? Los que terminarán pagando los platos rotos serán personas inocentes que, en meses o años, tengan la mala suerte de pisar una bomba oculta.
Y el segundo dilema: ¿cómo se va a garantizar que las bombas no terminen en manos equivocadas? Después de todo, el narco mexicano usa misiles como los que países aliados entregaron a Ucrania. ¿Qué pasará si se apoderan —o un grupo terrorista— de bombas de racimo?
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