Miami.— En los pasillos de cualquier supermercado de Estados Unidos las señales de los cambios de precio no están marcados con letras grandes ni pancartas rojas, sino con números pequeños.
Una licuadora que antes costaba 39 dólares (780 pesos), ahora aparece en 48 dólares (960 pesos). El paquete de ropa interior básica, que solía pasar inadvertido, ahora se discute en casa antes de llegar a la caja. Las escobas, los utensilios de cocina, los tuppers de plástico, los trapeadores, los jabones importados, los cepillos de dientes eléctricos, los audífonos, las mochilas, los cepillos para el cabello, las planchas alisadoras. Todo está subiendo de precio. Todo, en silencio.
Desde el 3 de abril, la administración Trump ha desatado una ola de aranceles comerciales que ya no sólo afecta a los grandes industriales, a las automotrices o a los exportadores de acero y aluminio estadounidenses. Los productos más afectados provienen de países con los que Estados Unidos sostiene relaciones comerciales tradicionales, pero ahora, tensas.
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China ha sido el blanco más golpeado. Más de 80% de los utensilios de cocina y limpieza que se encuentran en tiendas de descuento, por poner un ejemplo, provienen de ahí. Desde el 3 de abril, enfrentan aranceles de hasta 54%. India con 46% y Vietnam con 26% son los principales proveedores de textiles, ropa básica y artículos de bajo costo. Turquía, proveedor relevante de menaje de cocina y algunos materiales escolares, ha visto sus exportaciones penalizadas con 31%. La Unión Europea (UE), sobre todo Francia, Italia, Alemania y España, sufre un castigo de 10%; entre los productos más afectados están los de belleza, cosméticos, vinos y artículos domésticos de diseño.
Un paquete de cinco tupperware importados de China, que antes costaba 8 dólares (160 pesos), ahora roza los 10 dólares (200 pesos).
Una cafetera genérica hecha en Turquía ha pasado de 25 dólares (500 pesos) a 30 dólares (600 pesos). Un cepillo de dientes eléctrico importado desde Alemania sube de 40 dólares (800 pesos) a 48 dólares (960 pesos). Una caja de detergente de marca japonesa, importado vía California, se ha encarecido 18%.
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“No estamos sustituyendo importaciones. Estamos creando vacíos”, sentencia Henry Lozano, del Center for Real Economy. “La producción local no va a crecer en seis meses para reemplazar a Asia. Lo que sí está creciendo es el silencio en la caja registradora”.
The Washington Post advierte que los estadounidenses verán subir los precios de forma sostenida en productos clave como ropa, autos y café; la inflación no vendrá de Wall Street ni del petróleo, sino del carrito del supermercado y del cajón de los cubiertos. Citando a analistas de J.P. Morgan, el diario apunta que este es el “mayor aumento de impuestos a los consumidores en la historia moderna de Estados Unidos”.
Las licuadoras, cafeteras, estropajos, sartenes, tuppers, escobas, junto con ropa básica, zapatos escolares, cepillos de dientes eléctricos y productos de limpieza, son algunos de los artículos que más han subido, con aumentos de entre 10% y 30% dependiendo del país de origen y la categoría.
La agencia Associated Press (AP) advirtió que “no es sólo comercio exterior, es costo de vida”.
En medio de esta nueva geografía del consumo, la tradición de la fiesta de la Pascua es el espejo más inmediato y simbólico.
Los huevos de plástico decorativos, importados en su mayoría desde China y Vietnam, enfrentarán aranceles de 54% y 26%. Su precio promedio pasó de 5 dólares (100 pesos) a más de 7 dólares (140 pesos). Las cestas decorativas, también de Asia, tendrán un incremento similar. Los pequeños juguetes para rellenar huevos serán afectados por tarifas de hasta 25%, su costo se situará de 1 dólar (20 pesos) a 1.40 de dólar (28 pesos) o incluso 1.75 de dólar (35 pesos) por unidad. Y los chocolates de marcas belgas, suizas o francesas se convertirán en artículos de lujo de manera repentina; la caja que se vende por 15 dólares (300 pesos) pronto se encontrará en 19 o 20 dólares (380 o 400 pesos), dependiendo del lugar. La ropa para los niños tampoco escapó. Vestidos de algodón hechos en Bangladesh y Vietnam, camisas básicas de producción asiática, zapatos económicos procedentes de Indonesia o Filipinas, todo eso ahora se pagará entre 15% y 30% más caro.
Esta Pascua, de acuerdo a un pequeño sondeo de este diario entre familias con hijos menores de edad, en lugar de cestas con huevos sorpresa, muchas familias darán a sus hijos una pequeña bolsa con dulces. “En lugar de huevos decorativos, hemos planeado pintar piedras de río y en lugar de juguetes, mi esposa va a cocinar unas ricas galletas hechas en casa, dice un padre de familia desde Los Ángeles. “Lo que era juego se va a convertir en un cálculo de gasto familiar. Lo que era rutina divertida se convertirá en un sacrificio”, comenta una madre de familia en Miami.
“No se siente como una crisis, pero lo es”, dice Camille Howard, analista de consumo en el Midwest Policy Lab. “No hay caos, pero hay contención. No hay desabasto, pero hay recortes. Es una inflación específica, quirúrgica, concentrada en los objetos más pequeños y rutinarios”.
El siguiente golpe ya está anunciado, el regreso a clases tras el próximo verano. En 2024, el costo promedio de preparar a un estudiante en edad primaria rondaba los 180 dólares (3 mil 900 pesos). Este año esa cifra podría superar los 250 dólares (5 mil pesos). Lo dice el mercado, una mochila básica que cuesta 25 dólares (500 pesos), ahora costará 34 dólares (780 pesos). Las loncheras térmicas, que valen 10 o 12 dólares (200 o 240 pesos), no bajarán de 16 dólares (320 pesos). Las playeras blancas para uniforme escolar, importadas desde Bangladesh y Vietnam, tienen un aumento de 20%.
“No es que uno deje de mandar a los hijos a la escuela, pero sí que se dejan de comprar cosas nuevas”, explica Mariela Ávila, madre de dos niños en El Paso. “Ya les dije que este año van a usar cuadernos reciclados, las mismas playeras escolares y la mochila con remaches. Me da pena, pero no me da el dinero”.
Henry Lozano, del Center for Real Economy, lo resume: “Esto no es sustitución de importaciones, es encarecimiento crudo. Se ha cambiado una red global de abasto por una ilusión de autosuficiencia que no se materializa en producción, sino en inflación sectorial”. Las grandes cadenas minoristas lo saben. Están recortando pedidos, ajustando inventario, revisando contratos. Algunas están negociando traslados de producción, pero eso toma años. “Lo inmediato, lo que está ocurriendo ahora, es que los hogares de EU están enfrentando una microeconomía hostil”, señala el economista Iván Jiménez.
“Nadie está encendiendo las alarmas, porque no hay crisis explosiva. Pero lo que está en marcha es más profundo, una erosión del poder adquisitivo en lo más íntimo del consumo familiar”, subraya Jiménez. “No es que nos estemos hundiendo”, dice un abuelo jubilado de San Diego a este diario, “pero tampoco estamos flotando. Antes de estos mentados aranceles ya estábamos como con el agua al cuello por la inflación, conteniendo el aire. Pero ahora, cada semana habrá una piedra más en los bolsillos”.