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Conocí a Guillermo, duque de Cambridge, como un orador sustituto que tomaba el micrófono con embarazo cuando el Brexit y la salida de Reino Unido de la Unión Europea eran muy criticadas en el continente. Per se, la llegada del nieto heredero había sido incómoda. Esperábamos la presencia de la Reina Isabel II, a quien la entonces canciller alemana Angela Merkel identificaba como su par, en la celebración de los 70 años de Renania del Norte-Westfalia y la intervención británica en Alemania. El ambiente era claramente europeísta.
La promesa de una sola Europa no había convencido a la mayoría de los británicos. Aunque sí aparecía una generación joven “internacional” que se mostraba entusiasta; Guillermo era parte de ella. El continente los había invitado a realizar lo que intentaron los romanos, Carlomagno y el mismo Napoleón, más en paz y con una integración de beneficio mutuo. Se soñaba un continente sin impuestos fronterizos, con una sola moneda, educación y salud universales y de calidad, libertad migratoria y sin los resentimientos de las primera y segunda guerras mundiales.
El ahora príncipe de Gales, Reino Unido y la UE ya no son los de 2016. Hoy reina Carlos III y no hay una líder paneuropea como Merkel. Una década ha pasado desde que inició el Brexit. Persiste la irritación europea ante una isla británica que no acepta beneficios y ceder soberanía. Permanece también el sentir británico que añora beneficios europeos, pero con autonomía.
El discurso euroescéptico tiene varios autores y se pone en la lista a Estados Unidos.
De acuerdo con varios analistas, los británicos escogieron el peor momento para divorciarse de sus hermanos y primos europeos. 2021 coincidió con la pandemia del Covid, y una crisis energética que descolocaría sus finanzas, tras la invasión rusa a Ucrania. En 2020, el PIB de Reino Unido se había desplomado 10%.
El Brexit lastimó la integración europea —encabezada por Alemania y Francia— y descalabró a la economía británica. Se argumenta que Reino Unido pudo crecer hasta 8% más de lo actual de ser parte de la Unión Europea. Aumentó la incertidumbre. Se redujo la inversión empresarial entre 12% y 18%. También cayó la productividad entre 3% y 4%.
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El Centro para la Reforma Europea (CER) calcula una caída total del comercio de 12%, resultado de la salida de los británicos del mercado único. El sector servicios (viajes y finanzas) absorbió una caída de 7%, mientras que productos como los químicos y farmacéuticos cayeron 16%. Contrario a lo que se pensaba, el comercio británico no aumentó en regiones diferentes a la UE, ni se compensó, sino que se redujo en general. El sector automotriz ilustró a una industria británica frágil, que con el Brexit recibió un tiro de gracia.
Se desvanecieron las marcas icónicas de autos ingleses. Bentley, Rolls-Royce y MINI se vendieron a grupos alemanes. Las reglas ambientales europeas dejan poco espacio para automotores británicos competitivos. Se calcula que sólo 20% de las baterías para vehículos vendidas en la isla británica son de la Unión Europea, lo que complica evitar aranceles.
La migración fue otro saboteador europeo. Sectores británicos pensaban que unir a “Britania” con en resto de Europa provocaría una desbandada de “migrantes no deseados”. El resultado fue el opuesto: se frenó la llegada de europeos educados y calificados, mas aumentó la migración de asiáticos, africanos y de países no europeos. El referéndum del Brexit en 2016 y el triunfo electoral de los conservadores en 2019 coincidieron con el mayor aumento migratorio desde 1960. De hecho, 2022 marcó un récord de migración neta (764 mil personas).
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La Unión Europea es el otro perdedor. Ha sufrido no solamente en su vocación institucional y pacifista, sino en su capacidad para negociar frente al resto del mundo. Henry Kissinger había advertido que es la primera vez en la historia que los europeos dejan de estar en el centro del mapa mundial. Mientras China asume la preponderancia, los europeos no se encuentran unidos.
Desde occidente, los británicos se debaten entre cooperar a profundidad con Estados Unidos o con la UE, sin convencerse de la fuerza europea. Desde oriente, los rusos pierden su alianza energética con la UE y las presiones estadunidenses los acercan más a China. La Unión Europea, pese a ser un gran poder económico, tiene menor capacidad de negociación que otras potencias.
La conclusión del centro Pew Research Center parece optimista. Revela el arrepentimiento que muchos británicos muestran ante el Brexit. Ahora en Reino Unido, 67% de las personas opinan a favor de la Unión Europea, en relación a 45% de 2016. Falta saber si esa voluntad se traduce en cambios de postura en sus partidos políticos, votaciones y un movimiento nacional que los devuelva a la integración europea. Especialista en geopolítica y miembro de Comexi
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