A Eduardo, un adolescente de 17 años, todavía le quedan marcas en el brazo izquierdo y detrás de una oreja. Son las huellas de las quemaduras que le dejó la explosión de una pipa de gas LP en el el 10 de septiembre de 2025, en la alcaldía Iztapalapa.

Ese día, recuerda, caminaba por la calzada Ignacio Zaragoza para ir al mercado a comprar tortillas para el puesto de tacos de su papá, ubicado en las inmediaciones del Metro Santa Marta.

El accidente ocurrió de pronto. Eduardo corrió para ponerse a salvo. La onda expansiva lo alcanzó de forma ligera y le quemó esa parte del cuerpo.

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“Cada que me veo el brazo me acuerdo lo que pasó ese día y me pongo triste, fue muy feo. Yo traté de ayudar a la gente que estaba quemada, pero era difícil hacerlo porque yo también tenía lesiones”, rememora al señalar que después de ese día no pudo dormir durante dos meses.

“Tenía que ir al sicólogo, pero ya no pude ir, y ahorita cuando me hablan de que se cumplirá un año de la explosión me siento mal otra vez, me deprimo, me da mucha tristeza todo lo que pasó y lloro a cada rato”, añade.

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El puesto permanece en el mismo lugar de siempre. Eduardo lo atiende cuando su papá no está. Limpia las mesas, corta la carne y prepara los tacos de los clientes que los esperan impacientes a un costado de la carretera federal México-Texcoco, a unos metros del Centro de Transferencia Modal (Cetram) de Santa Marta.

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Comenta que las pesadillas ya no son tan constantes, pero siguen presentes los gritos de dolor y las voces que clamaban ayuda de quienes corrían quemados en busca de auxilio. A un año del accidente, dice sentirse bendecido porque pudo sobrevivir.

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