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Me encontraba de vacaciones; no fue sino hasta que me llegó un simple whatsapp de un familiar al preguntarme si me encontraba bien que sentí que algo grave estaba pasando.
Tardaron varios minutos en contestar todos los familiares, amigos, conocidos, etc. Mientras tanto, mi única fuente de información eran las redes sociales, mismas que únicamente informaban sobre derrumbes en múltiples zonas, por lo tanto, sólo esperaba lo peor.
La impotencia al no poder ayudar instantáneamente en lo que pudiera a cualquier persona y ver el sufrimiento de la Ciudad de México, provocó en mí cierto grado de culpabilidad que no me fue posible pensar en otra cosa que no fuera lo que estaba pasando en la Ciudad.
Llegué el miércoles en la madrugada muy cansado para estar en condiciones de poner mi granito de arena. Fue hasta el jueves 20 que decidí salir a ayudar a las personas que lo necesitaban, dirigiéndome a los puntos cercanos de zonas de derrumbe que se encontraban por mi hogar para lo que se necesitara, una experiencia que espero no vuelva a tener que vivir.
No hubo un motivo, simplemente sabía que era mi deber ayudar en lo que pudiera. Ser solidario y humano.
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