Monterrey.— Miles de personas sobreviven en las calles de esta ciudad, en donde se cuentan historias de abandono, violencia, así como de enfermedades mentales. En Salud Mental para Indigentes A.C. (Sampin), mujeres que llegaron sin techo, sin red familiar y, en algunos casos, sin siquiera tener claro quiénes eran, encuentran atención psiquiátrica, psicológica, alimento y un lugar donde comenzar de nuevo.
Estefanía Elizabeth Cisneros Coronado tiene 24 años de edad, y una frase resume lo que busca después de una vida marcada por el abandono: “Yo quiero salir adelante, quiero trabajar y buscar una casa donde vivir”.
Hoy duerme bajo un techo, tiene una cama, alimento y atención médica. También trabaja algunas horas fuera del albergue. Hace unos años; sin embargo, su vida transcurría entre la precariedad, la violencia y la calle.
Su padre murió cuando ella era pequeña. Después, su madre se fue y la dejó al cuidado de familiares. Estefanía recuerda que una de sus tías la obligaba a salir a pedir dinero y vender dulces y paletas. Por las noches dormía en el patio de la casa, junto a un perro.
“Ella me ponía a vender paletas y también me ponía a que pidiera dinero. Me decía que fuera a pedir comida en la calle”, recuerda Estefanía, quien años después encontró en Sampin la estabilidad.
La asociación atiende a mujeres en situación de calle o abandono que, además, presentan alguna condición de salud mental.
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La organización nació en 2010 y combina atención siquiátrica, sicológica, médica y social. Su programa Espacio Seguro recibe a mujeres de entre 18 y 59 años, y busca que recuperen estabilidad para avanzar hacia una reintegración familiar, laboral y social.
“Tenemos actualmente mujeres viviendo en el hogar. Son mujeres que tienen alguna condición de salud mental y que estuvieron viviendo en situación de calle”, explica Ana María Solbes Marín, directora de Sampin.
Las residentes reciben alimentación, atención médica, psicológica y psiquiátrica, además realizan actividades encaminadas a recuperar habilidades y construir nuevamente una red de apoyo.
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“Hay personas que llegan aquí sin saber quiénes son. O sea, sin manera de saber quién es, cómo se llama, si tiene familia”, explica.
Miles sin hogar
El problema rebasa las paredes del refugio. Datos proporcionados por Protección Civil de Nuevo León estiman que cerca de 5 mil personas se encuentran en situación de calle en Monterrey.
La dependencia calcula aproximadamente mil mexicanos y hasta 4 mil migrantes, aunque reconoce que no existe un censo formal y que las cifras pueden variar de acuerdo con el flujo migratorio.
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Además, 86% de las personas en esta situación se concentran en el primer cuadro de la ciudad.
Para Sampin, el fenómeno no puede analizarse únicamente como un problema de imagen urbana. A la situación económica, la migración y las adicciones se suma el deterioro de la salud mental y la ruptura de las redes familiares.
Además, “las personas en situación de calle son un blanco fácil para la trata de personas, para prostitución o para venta de órganos porque nadie los va a reclamar, no hay familia que los ande buscando ya”, advierte Solbes Marín.
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Un problema que urge atender
En 2025, Sampin atendió a 918 personas mediante sus distintos servicios; 61% fueron mujeres y 39% hombres. Las atenciones pasaron de 168 personas en 2023, a 611 en 2024, y a 918 en 2025.
La mayor parte de los casos correspondió a Monterrey, con 58%; le siguieron Escobedo, con 19%, y Apodaca, con 14%.
Entre las condiciones de salud mental atendidas predominaron la depresión, con 42%; ansiedad, 21%; trastorno por déficit de atención e hiperactividad, 12%; trastorno límite de la personalidad, 11%, y trastorno bipolar, 8%.
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La asociación ofrece consultas externas para hombres y mujeres a partir de los 12 años, además del programa residencial exclusivo para mujeres.
Ángela: crecer sin padres
La historia de Ángela Salazar Chacón comenzó a romperse mucho antes de que pisara la calle. Tiene 37 años. Su padre se fue cuando ella aún estaba en el vientre materno, y a los 10 años perdió a su madre por un cáncer de mama.
La muerte de su madre significó para ella quedarse sin familia. Su infancia transcurrió entre carencias y abandono. Años después, fue diagnosticada con esquizofrenia y trastorno bipolar, y atravesó distintas estancias siquiátricas. En uno de los momentos más críticos salió de una casa donde vivía en Torreón, pasó una noche en la calle y terminó durmiendo en una banqueta. Antes de llegar a Sampin, describe su vida en una palabra: difícil. Ahora utiliza otra: esperanza. “Sí cambió mi perspectiva de vida, tengo más conocimientos de los que yo tenía, tanto emocionales, espirituales, académicamente [y] terapias”, dice.
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En el albergue, a donde llegó hace un año, recibe su tratamiento y participa en actividades para fortalecer su autonomía. “Me veo trabajando, estudiando, saliendo adelante”, afirma Ángela cuando se le pregunta cómo se imagina dentro de 10 años.
Más que un techo
Para Sampin, sacar a una persona de la calle no significa únicamente proporcionarle una cama. El proceso comienza cuando la crisis siquiátrica está controlada y la mujer tiene condiciones para convivir en comunidad.
“Una de nuestras metas es que estén estables. O sea, lograr que estén estables y luego mantener esa estabilidad”, señala Solbes Marín, y agrega que el ingreso requiere coordinación con autoridades y organismos especializados. Una vez que la mujer cumple con el perfil, comienza un proceso de adaptación. La recuperación incluye algo que puede parecer elemental, pero que para una persona que ha pasado años en abandono puede resultar extraordinario: volver a construir una identidad.
“Se les ayuda, se les acompaña en esta búsqueda de identidad, o sea, toda la cuestión. Porque la pierden en la calle”, explica.
La asociación ha documentado casos de mujeres que después de pasar por el albergue recuperaron contacto con su familia, retomaron estudios o encontraron una actividad laboral. En 2024 reportó reinserciones y mujeres incorporadas a talleres productivos, capacitación y empleo.
Una casa para volver
En el caso de Estefanía Cisneros, la recuperación aún está en construcción: “Quiero trabajar y buscar una casa donde vivir, también para mí”. Ella no habla de grandes proyectos, sino de una casa, un trabajo e independencia.

Ángela tampoco sabe exactamente cómo será su futuro, pero ya puede imaginarlo. Sus planes son estudiar, trabajar, salir adelante y formar una familia. Proyectos sencillos que para ambas mujeres significan algo mucho más profundo: recuperar su vida tras el abandono, la enfermedad mental y la ausencia de una red familiar.
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