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Durante 2025, casi 16 mil personas fueron desplazadas de manera forzada en México, de acuerdo con el informe Travesías Forzadas: Desplazamiento interno en México 2025, elaborado por el Programa de Derechos Humanos de la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México.
Según el análisis realizado, de 73 eventos ocurridos en 11 estados del país, 83% de estos estuvieron vinculados a la violencia que genera la delincuencia organizada y se ha convertido en un fenómeno que continúa expandiéndose en el territorio nacional, afectando derechos fundamentales como la seguridad, la vivienda, la salud y el acceso a medios de vida.
“Lo que no se nombra no existe. Lo que no se contabiliza no se puede atender. Y lo que no se atiende se hereda y se complejiza”, señala el informe, que también expone la necesidad de contar con una Ley General en Materia de Desplazamiento Interno, pues la iniciativa que en 2020 aprobó por unanimidad la Cámara de Diputados, en 2024 la desechó el Senado de la República.
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En ese contexto se reproduce el testimonio de un testigo de desplazamiento forzado en comunidades de la Sierra Madre Occidental; por tratarse de un problema que sigue ocurriendo en esa región del país, y donde las comunidades son pequeñas y sus habitantes continúan en riesgo, se omiten nombres y referencias que puedan permitir la localización e identidad de quien habla.
“Esto avanza y nadie lo para”
“He trabajado en lugares donde hay mucha precariedad, pero nunca había estado en un sitio como este, donde parece que se acabó la esperanza porque esto sigue avanzando y nadie lo para.
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“Allá arriba, en la sierra, los cerros están llenos de muertos y no hay ni quién vaya por ellos, nadie va a saber quiénes eran; hay gente que cuando va caminando de una comunidad a otra encuentra ropa tirada a mitad del monte y cuando se acerca a ver, resulta que son cuerpos descompuestos. Lo que se oye es que venían de otras partes, incluso de Centroamérica y Colombia, sí, tal vez eran migrantes. De aquí también se han llevado gente, algunos han regresado, pero no vuelven del todo y (...) se van a donde nadie pueda localizarlos”.
Desde hace como cinco años se empezó a saber de pueblos que se quedaron vacíos porque llegaban de un cártel o de otro, aparecían de noche y delante de las mujeres agarraban a los hombres para reclutarlos y mataban al que no se quería ir, las mujeres salían corriendo con sus niños por el cerro y caminaban durante días buscando ayuda. “Yo creo que la mitad de los pueblos de aquella zona están vacíos”… El hombre se pasa la mano por la frente e insiste en que se trata de una conversación que no debe ni quedar grabada: “uno sirve más vivo que muerto”, dice mientras su mirada vuelve a recorrer la sala donde está sentado, hasta que encuentra un sitio dónde acomodarla para continuar con su relato.
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“De verdad me he puesto a pensar qué se pelean allá arriba, son lugares donde no se produce nada, alguna vez pensé que era para controlar la venta de drogas, pero no hay nadie que les compre ya; también pensé que sería para explotar los minerales que hay en la región, pero no se ve que los que están ahorita ahí quieran trabajar en eso; o tal vez es una estrategia a largo plazo, para que no quede nadie ahí, que son comunidades ejidales y así cuando se decidan a llevarse los minerales nadie se pueda oponer alegando la propiedad de la tierra, si dañan un sitio sagrado o algo así”.
¿El gobierno, dice? “Depende de cual gobierno sea, el local está con unos y los de más arriba quién sabe, pero ellos también desplazan a la gente porque no les interesa que regresen. Cuando los del otro cártel, —que no está con el gobierno local—, se quedó allá arriba, dejaron de mandar alimentos a las tiendas de Diconsa y la gente se quedaba sin víveres, nomás tenían lo que podían conseguir del cerro o mataban algún animalito, y si algún comerciante subía a llevar alimento a esas comunidades, los del otro cártel les robaban sus carros o los mataban porque decían que estaban apoyando a sus contrarios; hubo lugares a los que no llegó comida en más de año y medio, y allá no hay otra economía más que la de los programas sociales".
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“Muchas personas se enojan cuando ven que la Presidenta manda ayuda humanitaria a otros países y acá no llega ni una despensa. La gente también se fue por eso y han migrado a otros lugares, a ciudades donde tampoco tienen nada. Los que se han animado a volver lo han hecho por eso, porque no tienen a dónde ir, por eso digo que es la desolación, porque parece que se han empeñado en acabar con la esperanza de las personas, con los sueños de los jóvenes que no tienen opciones: no pueden estudiar porque a veces hay clases y luego se suspenden durante 15 días o un mes; si emprendes algo, los criminales te lo quitan o lo usan para dañarte o extorsionarte, no hay trabajo, sólo les queda irse o involucrarse con unos o con otros, pero si lo hacen, tarde o temprano, los aniquilarán… No quisiera pensar que todo es negativo, pero sí lo es porque parece que no hay esperanza de que las cosas puedan cambiar".
“Llevo dos años trabajando aquí y ante los asesinatos de los líderes de algunas de las comunidades, ante los asesinatos de comerciantes o ante las desapariciones, no hay autoridad que haga nada, por más que digan que abren carpetas de investigación, no hay un solo caso que hayan resuelto, no se investiga, ni fichas de búsqueda de los desaparecidos hay. De verdad, por más que pienso no le encuentro sentido a quién beneficia tanta gente desplazada, quién gana con eso. Y como le dije: parece que el gobierno también quiere gente desplazada, porque cuando empezaron a llegar a la cabecera municipal para refugiarse, en vez de garantizar que pudieran volver a sus comunidades, era más fácil entregarles una colchoneta para que se fueran a vivir a sabe donde; y esa es la otra cuestión: ni siquiera pueden quedarse aquí porque vienen y los amenazan… no encuentro la lógica.
“Si se viniera a hacer una investigación y preguntara en aquellos poblados se daría cuenta de que todo mundo allá tiene un pariente desaparecido o le han matado a alguien, hay algunos pueblos en que sólo hay mujeres y cuentan que a sus esposos se los llevaron a trabajar a la fuerza y no han sabido ya nada de ellos. Y es gente que vive entre la espada y la pared, porque si llegan unos y te exigen que les des de comer lo que tienes, pues se lo tienes que dar, y si luego llegan los otros, pues también, y con el riesgo de que unos u otros luego digan que eres su contrario por ayudar a sus enemigos y entonces te maten. Es horrible, se pierden la ilusión y las ganas de hacer un proyecto de vida, es un daño psicológico tremendo para los que se llevan y para los que se quedan, es algo tóxico vivir con esto. A mí me ha llevado a preguntarme qué sentido tiene estar aquí”.
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