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Zitlala.— Ellos son los Xochimilcas. Son combatientes. Pelean sin piedad para agradar a sus antepasados aunque el costo sea alto: rostros deformados, ojos hinchados, narices dislocadas, labios reventados, dedos rotos.
Es fácil distinguirlos, andan vestidos con las naguas y el huipil que ocupan las mujeres en las fiestas importantes. Esta es una de ellas.
Estamos en el pueblo nahua de Zitlala; es el último martes de carnaval. En todo el lugar hay fiesta, las bandas de viento no dejan de tocar y el mezcal y las cervezas tampoco dejan de fluir. Son las dos de la tarde. Los Xochimilcas comienzan a reunirse, el combate está a uno minutos de comenzar.

Un día, cuando supieron que llegarían los mexicas, los hombres de la comunidad decidieron vestirse como mujeres: se pusieron las naguas tradicionales, esa falda larga, bordada a mano de muchos colores, el huipil blanco, se taparon el rostro y se sentaron a esperar a que los mexicas se acercaran a cortejarlas.
Cuando los tuvieron cerca los empezaron a golpear. Esta estrategia hizo que un pueblo pequeño le ganara a un grupo de guerreros, los más temidos en el México antiguo. Esa victoria se volvió épica, y ahora, cientos de años después, los pobladores la siguen escenificando con las peleas de los Xochimilcas.
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La tradición. Son las dos de la tarde. En la casa de Herminio Godínez Miranda, en el barrio de San Mateo, comenzaron a prepararse los peleadores. La mujeres le ajustan las naguas con un rebozo. Otros se vendan los puños, unos más esperan pacientes su turno con unos tragos de cerveza o mezcal.
Herminio Godínez desde la noche anterior les ofreció la cena y hoy las tres comidas más la bebida. Así dice la tradición, el capitán debe invitar a todos los que se acerquen a su casa.

Su abuelo, explica, se la regaló porque siempre lo vio interesado en seguir la tradición. Así sucede en muchos casos, la tradición de los Xochimilcas se ha mantenido porque los niños han visto pelear a sus padres y a sus abuelos y después ellos mismo lo hacen.
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Los 18 peleadores que llegaron a la casa de Herminio están listos. La banda comenzó a tocar y todos se soltaron a bailar, pues al final Xochimilca significa la flor que danza.
El grupo de Herminio tiene que pasar por el resto de los peleadores a sus casas. Los hacen danzando, pero también van recorriendo ofrendas que pueden ser botellas con mezcal, agua embotellada o refrescos. Lo van a necesitar a la hora del combate.
Plácido Tianguis Jiménez ha peleado durante 31 años y ha sido capitán en una década. En su casa peleó su papá y sus seis hermanos, y ahora también lo hace su hijo.
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Señala que en la peleas de Xochimilcas los combates son duros, sangrientos, e incluso hasta la muerte ha llegado, pero no hay rivalidad.
En cuanto termina el combate, los dos Xochimilcas se deben dar la mano. Las peleas son para honrar a sus antepasado no para saldar pleitos personales. Nadie, dice el hombre, está obligado a pelear, todos lo hacen en libertad. Los peleadores no tienen ninguna disciplina para llegar físicamente a las peleas.
“No, acá no nos preparamos, la preparación que hacemos es en el campo, con nuestra siembra”, dice.
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Las peleas de los Xochimilcas ha tenido cambios, como cualquier tradición. Plácido Tianguis recuerda la presencia de El Mangadito, un músico que con un tambor hacía el llamado de los peleadores, ahora se hace con la banda de viento. Además, los jóvenes le agregaron un símbolo contemporáneo de México: las máscaras de la lucha libre.
Otro elemento que se agregó en los últimos años fue la violencia. Zitlala está en medio de una disputa entre bandas criminales, lo que generó que la tradición se mermara, pero ha provocado cosas peores, como desplazamientos forzados, desapariciones y asesinatos.
Son las cuatro de la tarde, la plaza cívica de Zitlala está hecha un coliseo. Los peleadores de San Mateo arriban, los esperan los del barrio de San Francisco y la comunidad de Tlaltempanapa. Apenas hay un pequeño protocolo y los Xochimilcas se trenzan a golpes. Son golpes a puño limpio.
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En minutos, los rostros comienzan a transformase, a unos ya les cerraron los ojos, otros sangran. Así fueron las siguientes cuatro horas: golpes, mezcal y música sin parar. Otro año más en que este pueblo conmemora la épica victoria de sus antepasados.
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