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Javier es un joven padre, originario de Honduras, que espera pacientemente 14 días para reencontrarse con su hijo de 13 años y su esposa, a quienes no ve desde hace tres años; sin embargo, intentar cruzar a Estados Unidos de forma ilegal no es una opción.
“Estoy muy consciente y confiado de que tengo posibilidades de pasar de forma legal y no me voy a arriesgar por una mala decisión”, dice mientras se hace cargo de la entrada de la Casa del Buen Samaritano, donde 110 migrantes esperan su turno de entrevista.
Lleva en Juárez cuatro meses y está a 14 días de recibir una respuesta definitiva por parte de las autoridades migratorias. Se siente confiado de que la respuesta será positiva, pues huyó de su país ante la presión de grupos delictivos que querían obligarlo a delinquir, “no quise cooperar con una organización criminal y podían matarme en cualquier momento”, afirma.
En la Casa del Buen Samaritano se hospedan actualmente 50 hombres, 48 mujeres y 12 niños, no todos hablan español.
Este miércoles les tocó la visita de la Secretaría de Salud. Por un lado, las mujeres recibían una terapia sicológica grupal mientras que, en un extremo de la misma área, una enfermera hacía tamizajes para detección de VIH y sífilis, además de repartir medicamento para desparasitar y ácido fólico.
En otra sala se formaron hombres para recibir la vacuna contra el tétanos, y en otra fila niños se alistaban para que les fueran aplicadas las vacunas que les faltan en su cuadro básico, aunque la mayoría de los menores no cuenta con una cartilla de vacunación, por lo que es imposible la aplicación.
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