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Puebla.— Por más de tres décadas, Leticia Ramírez Castelán y José Pulido Ramírez han avanzado juntos demostrando que el amor, cuando es verdadero, no conoce límites físicos ni de diagnósticos médicos.
Su historia no sólo es la de un matrimonio de 32 años, es la unión de una familia que aprendió a transformar la adversidad en fortaleza y la discapacidad en una forma distinta, pero igual de plena
Lety y Pepe comparten una condición que marcó su infancia: ambos padecieron poliomielitis. A ella se lo detectaron a los dos meses de nacida, y a él durante sus primeros años de vida.
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Las secuelas quedaron, pero nunca definieron quiénes serían. Hoy, su hogar es testimonio de perseverancia, trabajo y una inquebrantable fe en la vida.
Su historia
“Nuestra historia de amor se dio con un flechazo de Cupido (…) surgió la chispa y nos gustamos, y de ahí nació el gusto de compartir ideas y tiempo juntos”, recuerda Lety, con una sonrisa que parece resistirse al paso de los años.
Se conocieron en un parque, en uno de esos encuentros sencillos que —sin saberlo— cambian el destino.
Pepe, originario del puerto de Veracruz, encontró en Lety, una poblana de carácter firme y mirada decidida, al amor de su vida. Ella, entre risas, confiesa que desde niña decía: “cuando sea grande me voy a casar con un jarocho”, y el deseo se le cumplió. Así comenzó una historia que mezcló acentos, sueños y dos voluntades decididas a no rendirse.
La honestidad fue, desde el principio, uno de los pilares de su relación. Tras conocerse y tratarse, hablaron sin rodeos de lo que querían para su futuro.
“Había que decirnos la verdad, plantear sueños y metas”, menciona Lety. Como en muchos matrimonios, fue ella quien tomó la batuta y tuvo claro hacia dónde quería llevar su vida junto a Pepe, quien en su juventud fue seleccionado en deportes sobre silla de ruedas.
En una de esas giras, el destino volvió a cruzarlos: Lety necesitaba un aventón, y ahí se encontraron de nuevo.
Bastó una mirada para que él supiera que algo había cambiado, y aunque en ese momento tenía pareja, no pudo olvidar los ojos de Lety.

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Tiempo después, la buscó, habló con ella con franqueza y le prometió que, al volver de una de sus exhibiciones, cerraría ese capítulo de su vida. Cumplió su palabra, y así empezó el verdadero plan de construir un hogar juntos.
Lety, autosuficiente desde muy pequeña, se convirtió en una mujer trabajadora y emprendedora. “A pesar de que tengo una discapacidad que realmente es un limitante, nunca me vi como una persona discapacitada (…) eso me hizo tener una visión grande de lo que sería mi vida”, dice.
Su meta era clara: tener una casa, estabilidad y todo lo necesario para vivir con dignidad; junto a Pepe lo logró. El camino no estuvo exento de miedos, pues además de las secuelas de la polio, Lety padece una enfermedad degenerativa y crónica derivada de artritis reumatoide.
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Los médicos le dijeron que, por los tratamientos recibidos en su adolescencia, probablemente no podría tener hijos. La noticia fue dura, pero Pepe aceptó esa posibilidad y ambos decidieron no renunciar al sueño, aunque la vida —una vez más— les tenía preparada una sorpresa.
Sueño cumplido
“Dios siempre ha estado de mi lado porque llegó Aisha, y llegó el día de mi cumpleaños”, comparte Lety con evidente emoción. Aisha, cuyo nombre significa mujer valiente e inteligente, nació un 9 de septiembre.
Durante el embarazo, una bacteria afectó al feto y la bebé nació con una malformación: perdió una mano. Fue un golpe duro, pero no definitivo.
Aisha creció sana, fuerte y orgullosa de sus padres. Hoy es el reflejo de una familia que aprendió a mirar la vida sin victimizarse. “Todos tenemos la misma oportunidad”, afirma Lety, convencida de que el verdadero límite no está en el cuerpo, sino en la forma de ver el mundo.
“Hemos probado de todo, hemos hecho todo lo que una persona normal hace. Nuestro limitante no nos ha hecho desistir de lo que hemos querido lograr. Somos felices, porque en estos años no nos ha pesado estar juntos”, dice Lety, con la serenidad de quien ha ganado muchas batallas en silencio.
La historia de Lety y Pepe no es sólo una historia de amor. Es una lección de vida. Es la prueba de que la discapacidad no es sinónimo de derrota, y de que el éxito también se mide en abrazos, en resistencia diaria y en la capacidad de seguir creyendo, incluso cuando el camino parece cuesta arriba.
Porque hay amores que no caminan (...) pero vuelan. Y hay familias que —aun con limitantes— llegan más lejos que muchas otras.
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