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El 19 de septiembre las personas estaban hombro con hombro para mover escombros, pasar víveres, agua y comida. 19 días después, miles de personas de nuevo estuvieron hombro con hombro esta vez para cantar, sin importar empujones, lluvia y hasta pisotones.
Dicharacheros como siempre, las bromas y las risas se hacían presentes en el Zócalo pero se apagaban cuando en las pantallas que ilustraban el escenario mostraban las imágenes de edificios caídos y de gente cubierta de polvo ayudando. Aquellas imágenes también inspiraban a que desde el ronco pecho salieran canciones como “Cielito lindo” y la porra infaltable: “¡Mé-xi-co!, ¡Mé-xi-co!”
Como buena verbena masiva hubo caos, desesperación y mucho calor humano. El conjunto de personas sólo quería estar más cerca del escenario. Cuando ellos empezaban a cantar no importaba si el otro estaba demasiado pegado, porque de ahí nacía el poder en el pulmón para cantar.
La noche del domingo no importó si eras fresa, roquero, popero, millennial o baby boomer. Ahí estabas para aplaudir, para escuchar a aquellos que con su voz buscaron no hacer olvidar el sentimiento de hermanos.
Entre la multitud se hizo gala de las habilidades para malabarear no sólo el cigarro, también el celular, la novia, el novio, el niño y la bolsa. Los gritos pidiendo más y más de hicieron más fuertes. Total, no hay fuerza más grande que el querer y entre querer y estar ahí, todos esperan que sigan queriendo ayudar.
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