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Monterrey.— Lágrimas, aplausos, música, baile y duelo. El negro de luto y los brillantes colores azul, rojo y amarillo de la bandera colombiana. Todo eso se mezcló en una marea humana que, proveniente de todos los estratos sociales y rumbos de la zona metropolitana de esta ciudad, se congregó en la explanada de la Basílica de la Virgen de Guadalupe para despedir los restos del acordeonista y cantante Celso Piña Arvizu, el más grande ídolo de la música regio-colombiana.

Parafraseando el tema de “Los caminos de la vida”, que tantas veces Piña interpretó, el sacerdote dijo que muchas veces las cosas no resultan como una las piensa o espera, y la vida nos da momentos de alegría cuando sentimos que todo marcha bien, pero de repente viene la tristeza porque alguien se nos muere.
Sin embargo, asentó, este debe ser también un momento de alegría porque el legado de Celso Piña trasciende a su muerte.


En el contingente hicieron causa común para despedir al músico, niños menores de 10 años y mujeres septuagenarias que recorrieron unos tres kilómetros hasta llegar cerro arriba a la casa de sus padres, en la calle octava de la colonia La Campana, donde Celso Piña se forjó como músico, ensayando en el sótano, esfuerzo que le permitiría años después subir a importantes escenarios de diversos países del mundo y dejar su nombre escrito en la historia de la música colombiana, con sello mexicano. Ahí empezó y terminó su vida.
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