En 1977, a la edad de 16 años, intenté ingresar a la preparatoria de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), pero fui asignado al Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH). Con el tiempo comprendí que aquella decisión marcó profundamente mi formación intelectual. El CCH representaba entonces —y continúa representando— uno de los proyectos educativos más innovadores del país, concebido no para la memorización mecánica, sino para formar estudiantes capaces de pensar de manera crítica, cuestionar, investigar y comprender científicamente la realidad.

El modelo educativo del CCH surgió en la década de 1970 como respuesta a la necesidad de transformar la enseñanza media superior en México. Frente a esquemas tradicionales basados en la autoridad vertical y la repetición de contenidos, el Colegio propuso una educación sustentada en tres ejes fundamentales: aprender a aprender, aprender a hacer y aprender a ser. El estudiante dejaba así de ser un receptor pasivo para convertirse en un sujeto activo en la construcción del conocimiento.

Para mí, el impacto fue profundo. El Colegio fomentaba el análisis, la discusión y la reflexión interdisciplinaria. Las ciencias experimentales se enseñaban vinculadas con la observación y el método científico; las humanidades abrían espacios para el pensamiento filosófico, histórico y social; y la lectura crítica se convirtió en mi herramienta esencial para comprender el mundo contemporáneo. En ese ambiente académico se estimularon mi apego a la libertad intelectual y la capacidad de cuestionar las verdades establecidas.

El CCH también representó un proyecto democratizador de la educación. La UNAM abrió sus puertas a miles de jóvenes provenientes de distintos sectores sociales, ofreciendo no sólo acceso a estudios superiores, sino una formación cultural amplia y crítica. En el contexto posterior al movimiento estudiantil de 1968, el Colegio encarnó el ideal de una Universidad más abierta, plural y comprometida con la transformación social.

Mirando en retrospectiva, puedo afirmar que haber sido asignado al CCH fue una fortuna. Más que prepararme únicamente para continuar con mis estudios universitarios, me enseñó una manera de pensar: analizar antes de aceptar, investigar antes de concluir y comprender el conocimiento como una construcción permanente. Esa formación crítica y científica ha acompañado mi vida académica y profesional desde entonces hasta el presente, en el que cuento con un doctorado en Antropología.

Después de cursar la licenciatura en Arqueología en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, regresé a la UNAM para cursar el posgrado en Historia de México, en la Facultad de Filosofía y Letras. El objetivo fue desarrollar una investigación sobre la espeleología desde una perspectiva histórica y cultural. La tesis derivó en el libro Nuestro patrimonio subterráneo. Historia y cultura de las cavernas en México (2011), publicado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia.

La obra aborda la interpretación histórica, simbólica y antropológica de las cavernas en México, integrando espeleología, arqueología, historia de las religiones, cosmovisión mesoamericana y patrimonio cultural. A diferencia de gran parte de la literatura espeleológica centrada en aspectos técnicos o geográficos, el libro propone comprender las cavernas como espacios culturales complejos: lugares de origen mítico, escenarios rituales, depósitos de memoria histórica y paisajes sagrados. La investigación recorre desde las primeras ocupaciones humanas con pinturas rupestres hasta los usos rituales contemporáneos de las cuevas.

En suma, la formación recibida en la UNAM me permitió desarrollar el concepto de “patrimonio subterráneo” como parte integral del patrimonio nacional, donde las cavernas dejan de ser únicamente accidentes geológicos para convertirse en patrimonio colectivo con implicaciones culturales y ecológicas.

Finalmente, Fundación UNAM ha contribuido a preservar y proyectar el patrimonio intelectual de la Máxima Casa de Estudios, fortaleciendo la relación entre la academia y la sociedad mexicana, y manteniendo vivo el carácter público y nacional de nuestra Universidad.

-Director del Centro de Investigación y Divulgación de la Ciencia en la Universidad del Tepeyac

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