
Poco más de 16 años después, la Ciudad de México volvió a recorrer la autopista al infierno con estos hombres (de cinco décadas de carrera y varios arriba de los 70 años) al volante.
AC/DC llegó a su destino: el escenario del Estadio GNP en su característico auto rojo, en una cinemática que mostró su trayecto, con fuego a su paso hasta llegar al recinto.
De a poco, el vehículo llegó a la tarima y justo ahí, cuando las luces blancas se encendieron para hacer contraste con los miles de celulares que por sí solos alumbraban el lugar, Angus Young salió disparado al ritmo de “If you want blood (You’ve got it)”, recorriendo toda la pasarela.
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Ahí los esperaban 65 mil personas de distintas edades, muchas de negro y con cuernos rojos con luces, electrizadas, brincando sin parar y lanzando agua.
La lluvia que unas horas antes mojó a los fans se quedó corta frente a los vasos de cerveza que volaron desde los primeros acordes, hasta que Brian Johnson saludó al público.
“Es bueno verlos otra vez, ha sido mucho tiempo. Vamos a tocar un poco de rock & roll esta noche, vamos a divertirnos”, dijo, vestido de rojo, en sintonía con el gran ambiente del lugar.
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Con la ferocidad de casi dos décadas de espera por volver a la capital mexicana, “Thunderstruck” irrumpió en la noche.
Un juego de luces acompañó cada “thunder” (trueno) de la agrupación y sirvió de pretexto para que un fan que coló una bengala la encendiera en uno de los golpes del tema.
Misa en escena
Luces apagadas. Solo el resplandor rojo de los cuernos en la cabeza de miles inundó el estadio; miradas expectantes mientras, en la oscuridad del escenario, descendió una figura que apenas y se distinguía.
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Una campana anunció el inicio de la misa para entrar al infierno, oficiada por los miembros de AC/DC, quienes, como si tuvieran pacto con el diablo, no descansaron ni para tomar aire.
Los casi 50 años que tienen los australianos en activo apenas se notaron en las cabelleras blancas, pues su energía y destreza musical se mantuvieron intactas.
“Shot in the dark” y “Stiff upper lip” sirvieron como preámbulo para pagar la pequeña deuda que la agrupación tenía con sus fans: entonar aquella canción con la que su auto llegó al lugar solo minutos antes.
“Highway to Hell” regresó completa ante la marea de diablos que la esperaba; las llamas inundaron las pantallas mientras Young, con cornamenta, se coronó como el diablo mayor y arrancó la autopista.
Arriba atacaron con guitarras, batería y voces que de golpe transportaron al público a través de las casi seis décadas de historia. Abajo, los ánimos no cayeron: un ejército atento siguió las instrucciones de Johnson y compañía; si había que saltar, lo hicieron sin preguntar, y si había que bailar, lo hicieron toda la noche.
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