Toda recapitulación apela a nuestro sentido del tiempo, esa dimensión antropológica que de súbito nos revela nuestra finitud y nos hace sensibles al vértigo del instante. Conscientes de nuestra fugacidad, enfrentamos la realidad histórica unas veces con cinismo y otras con ironía. Acaso los periodos de mayor estabilidad son aquellos en que pactamos compromisos con nosotros mismos, exigiéndonos cierta dosis de fe en el futuro.
Un año atrás, como parte de esas treguas con la temporalidad, me propuse dedicar mayor empeño a la lectura, para lo cual decidí fijarme la meta de leer una centena de libros en 2016. Fue hasta el primero de enero que medité sobre los criterios que guiarían la empresa que horas antes me había jurado acometer.
En perspectiva, la lista de obras que leí para cumplir mi objetivo está compuesta fundamentalmente por ensayos, biografías, novelas y epistolarios, de muy distinta extensión entre sí. Aunque la poesía también ha sido uno de mis géneros favoritos, reconozco que la frecuento con menor asiduidad.
Escindido entre el placer y el estímulo intelectual, inicié leyendo Memorias del subsuelo. La profundidad con que Dostoyevski indaga en los senderos de la condición humana me hizo considerar la relectura de ciertos clásicos, tendencia que influyó directamente en la selección. Al día de hoy, creo que ese retorno es siempre necesario.
También fue en este tránsito que tuve oportunidad de cerrar un ciclo entrañable, el de Frank Bascombe, protagonista de la tetralogía escrita por Richard Ford, en la que el individuo debe enfrentar y sobrellevar el peso de la cotidianidad invadido por el dolor y la culpa. Otro documento conmovedor que llegó a mis manos fue Gratitud, de Oliver Sacks, un testimonio del advenimiento de la enfermedad y de la valentía de quien, sabiéndose desahuciado, decide seguir atento y crítico a la actualidad de la vida.
Los escritores mexicanos que leí con más interés fueron Alfonso Reyes, Octavio Paz y Carlos Fuentes; aunque el autor a quien dediqué más ahínco fue al chileno Roberto Bolaño. Tentado por la novedad, sucumbí a la lectura de El clóset de cristal, en el que Braulio Peralta elaboró una breve historiografía de los primeros movimientos organizados a favor de la diversidad sexual. Aunque puntual, el libro se publicitó como una biografía de Carlos Monsiváis, por lo que su recepción entre la crítica fue desafortunada.
En la vertiente de novela histórica, me decanté por las que se sitúan en el periodo de vida de la URSS. El ruido del tiempo, de Julian Barnes, narra los episodios más significativos de la biografía del músico Dmitri Shostakóvich, quien padeció la coerción de las autoridades soviéticas y, para sobrevivir, decidió componer piezas que ensalzaran al régimen. Mi afán de explorar otras aproximaciones a ese universo comunista desembocó en El hombre que amaba a los perros, en la que Leonardo Padura fabula sobre los últimos años de Trotsky, el entrenamiento al que Ramón Mercader fue sometido para asesinarlo, los entramados del espionaje, los procesos de Moscú y el retiro de Mercader en Cuba. Quizás el mejor atributo de ambos libros es su puesta en abismo de la desilusión que invadió al pueblo ruso y al cubano cuando probaron las hieles de la revolución.
Llegadas las postreras horas de 2016, vienen a mi mente los versos de un poema de Borges, Los justos, e imagino a los lectores que, como yo, agradecerán la invención de la palabra escrita. Quizá nuestra labor no sea portadora de esperanza, pero puede prevenirnos contra las tentaciones más perniciosas de nuestro presente.