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Mi posición en torno a los candidatos sin partido fue siempre en términos de un derecho ciudadano a competir sin tener que pertenecer a un partido político y sujetarse a sus condicionamientos. Tuve reservas respecto del Ejecutivo (estatal o federal), pues se divide aún más el poder y exacerba la confrontación de poderes, lo que ha dado lugar a crisis constitucionales en la historia de América Latina (México incluido). Pero más allá de un derecho ciudadano, la ineficacia de la partidocracia que sustituyó al régimen de partido hegemónico, sobre todo en materia de corrupción e impunidad, ha convertido a la figura de los “sin partido” en un acicate para presionar a los partidos a aceptar nuevas reglas que limiten su amplísimo margen de impunidad. Y ahora también, en una alternativa de gobierno que sea eficaz frente al fracaso partidario; se han generado expectativas que me parecen excesivas y más bien utópicas. Ahora no se trata sólo de respetar un derecho ciudadano, y ni siquiera de presionar a los partidos a que modifiquen la ineficaz institucionalidad vigente, sino de ver una salida promisoria a la parsimonia partidocrática, e incluso la inoperante y utópica desaparición de los partidos.
Sin embargo, los partidos, lejos de haberse amedrentado o cedido terreno en la protección de sus intereses y privilegios, aprovechan la figura en su propio interés; o bien ponen barreras que inhabilitan tales candidaturas (75 mil firmas para optar por una curul en el Constituyente de la Ciudad de México), o bien utilizarán candidaturas “topo” para fragmentar el voto y desinflar el potencial de cualquier candidato sin partido. Tiene razón Jorge Castañeda cuando dice que para 2018, de no haber una candidatura “sin partido” única, no se tendrá opción de triunfo. Y se plantean mecanismos de coordinación para lograrlo, pero: A) Por un lado podrían ser varios quienes no renunciaran a esa opción así no tengan posibilidades de triunfo. B) Por otro, los “topos” enviados por los partidos no cejarán en su propósito de dividir ese voto (que según encuestas podría alcanzar un 35% de los electores). C) Finalmente, no está claro qué candidato sin partido podría lograr la confianza y el respaldo para entusiasmar al electorado y captar ese voto potencial. El Bronco lo logró en Nuevo León con la ayuda de grupos poderosos. Pero el propio gobernador empieza ya a desvirtuar la figura con sus múltiples errores y excesos, con muchos miembros de su gabinete cuestionables y otros que prefieren renunciar a la primera de cambios. El presidente de Canaco Monterrey, Gilberto Villarreal, lo ha urgido a cumplir lo prometido: “Creemos que ya es tiempo de pasar del discurso a la acción. Es tiempo de traducir las ideas y las promesas en resultados concretos, y es tiempo de tomar decisiones duras y contundentes para que los ciudadanos sientan que realmente tienen un gobierno diferente” (17/marzo). El tiempo corre contra las aspiraciones del Bronco, pero también contra la credibilidad de la esperanzadora figura del “sin partido”.
Por otro lado, Héctor Aguilar Camín habla de formar un partido informal, pero coordinado; un partido de los “sin partido” para dar cabida a ciudadanos competentes y honestos que no desean aspirar a cargos políticos a través de alguno de los partidos. Suena bien pero, ¿cuánto tiempo pasaría antes de que varios de ellos cayeran en las tentaciones del poder, o que los oportunistas de siempre infiltren dicho conglomerado para beneficiarse de cargos y presupuestos, como de alguna forma ocurrió con Alternativa Social Demócrata en 2006? Mientras las reglas, mecanismos e incentivos que imperan en la partidocracia no cambien de fondo (y no lo harán mientras los partidos no se sientan eficazmente presionados a ello), las cosas seguirán más o menos igual. Lo malo es que las candidaturas sin partido no parecen ser tampoco el acicate eficaz para impulsar ese cambio. Al contrario, los partidos o las han obstaculizado o las utilizarán en su provecho.
Profesor del CIDE
Facebook: José Antonio Crespo Mendoza
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