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Una amiga, asesora de imagen, hablaba de la importancia capital de –qué otra cosa– la imagen. Tu imagen te comunica al mundo, te vuelve visible y te diferencia, nos dijo en plan de cátedra mientras mordíamos hamburguesas, un sábado en la tarde.
Hay que decir que esta búsqueda de la atención es natural, incluso indispensable: sólo a través de la mirada ajena nos materializamos, nos probamos relevantes; cuando alguien nos ve (o nos toca o nos besa) dejamos de pertenecer al mundo de las sombras y nos volvemos de carne.
Ahora bien, lo que NO dijo mi amiga fue que la imagen es un producto natural del ser, que las cosas siempre tienen la forma de lo que son, que el círculo parece círculo sin necesidad de tres sesiones de asesoría de imagen. Entonces, ¿por qué debemos preocuparnos tanto por parecer algo, lo que sea? La respuesta es obvia: para parecer algo que no somos.
Ya sabemos que en nuestra época la gente no se permite una lonjita, una foto sin maquillaje, admitir una vulnerabilidad o error. Y ya sabemos que esto es así porque la gente quiere parecer mejor de lo que es. Okey. Pero el problema capital no es que el cuadrado quiera parecer círculo, sino que en esta búsqueda obsesiva e inútil se olvida de ser, cuando menos, un poco cuadrado. Así, lo más grave no es que la gente quiera aparentar algo que no es, sino que en la caza de las apariencias se olvide por completo de fomentar la sustancia que compone a lo que es.
Por todo esto hay que aplaudir que en nuestro mundo sobreviva, volando debajo del radar, una categoría de gente que ha optado por la invisibilidad. Primero, detectan, desenmascaran y aborrecen a esos súper hombres y mujeres de apariencia invulnerable, y descubren que no son sino maniquíes dedicados a exhibirse. Luego, convencidos de que un hombre sólo puede ser tan grande como su proyecto de vida y el conjunto sus acciones, se abandonan al quehacer y se vuelven, en silencio y a cabalidad, alguien: ellos mismos.
@caldodeiguana
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