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Conocer que los mexicanos aumentaron su índice de lectura de libros es una noticia que no debe ignorarse, pues abre una expectativa de que la tendencia vaya en aumento en los próximos años.
De acuerdo con una encuesta nacional presentada ayer, México es el segundo país que más libros lee al año en América Latina, con 5.3, sólo por abajo de Chile que tiene un promedio de 5.4. Detrás quedaron Argentina (4.6), Brasil (4) y Colombia (2.2). Los datos aún se encuentran muy lejos de los que registra Finlandia (47) o España (10.3), pero son mejores que los proporcionados por la Unesco hace dos años, en los cuales el índice de lectura en México era de sólo 2.8 libros. Del promedio de libros leídos en México, 3.5 son por placer y 1.8 por obligación escolar o profesional.
La calidad de la lectura es un punto todavía debatible. Cuando se preguntó por el título del último ejemplar leído sobresalieron ejemplares vinculados a éxitos cinematográficos y aquellos de superación personal. Ante las bajas cifras que se tenían hace unos años, por ahora no deben importar tanto los títulos; la modificación de las preferencias lectoras corresponderá a una labor que debe realizarse tanto en escuelas como en campañas oficiales y de las mismas editoriales.
La encuesta arroja también dos datos fundamentales para encontrar una ruta hacia el aumento de la lectura: 60.5% de los lectores afirmó que fueron los maestros quienes les inculcaron el hábito y 43.8% mencionó que la influencia la obtuvo de los padres. Escuela y hogar deben ser, pues, las columnas en las que debe descansar la estrategia de fomento a la lectura.
La forma de leer resulta reveladora. A pesar de la penetración de nuevas tecnologías, sólo 3.3% lee libros en formato digital, la gran mayoría (86.6%) elige aún los libros impresos.
Insistir en la lectura no es un afán gratuito. De acuerdo con expertos, el proceso de leer eleva la capacidad de atención y de concentración, y por tanto de entendimiento. Si se forma el hábito desde temprana edad, de manera natural pueden esperarse mejores resultados en el desempeño escolar de niños y jóvenes.
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Ante los aún bajos índices de lectura, no debe aflojarse el paso. El punto central era detener el deterioro de los niveles y –de acuerdo con los datos presentados– eso se ha logrado. Aún están por delante importantes desafíos: revertir, por ejemplo, las pobres cifras de nivel de comprensión de lectura presentadas la semana pasada por el Instituto Nacional de Evaluación Educativa. De lograrse esto último, se puede vaticinar un futuro prometedor para la lectura en el país, pero las cosas no vendrán solas. El trabajo en conjunto (gobierno, escuela, familia) es indispensable para alcanzar el objetivo.
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